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Miércoles, 3 de febrero de 2010
 
 
Viajes con sentido

En Chaparrí ha nacido la esperanza



Texto: Guillermo Reaño Vargas, revista Rumbos, 2002


Heinz Plenge tiene una certeza: los bosques secos del norte del Perú podrán salvarse si es que las comunidades campesinas –sus históricos propietarios- asumen el control auténtico de su manejo productivo y de su conservación. Para demostrarlo desde hace varios años viene impulsando el proyecto Chaparrí, la primera reserva privada de carácter comunal que activa con la Comunidad Campesina de Santa Catalina de Chongoyape, en el departamento peruano de Lambayeque.

Heinz ha dedicado su vida a la fotografía de la naturaleza, sus notables trabajos se han publicado por más de treinta años en las más exigentes revistas del Perú y del extranjero y la sola mención de su nombre es garantía de responsabilidad y compromiso con la vida al aire libre. Hace algún tiempo empezó la búsqueda afanosa de un espacio físico en las cercanías de su Chiclayo natal para construir una finca en el campo y planear el retiro. En esa búsqueda se topó con Chaparrí. “La zona, nos dice a poco de haber descendido del vehículo que nos transportó a saltos y trompicones hacia la reserva donde se protege principalmente al oso de anteojos (Tremarctos ornatus), era conocida para mi, aquí precisamente me inicié como profesional tomando fotos de cóndores; sin embargo, después de tantos años, mi retorno me convenció de que éste era el sitio apropiado para sentar raíces.”

Chaparrí es el nombre que recibe el cerro que a manera de insobornable morro domina las alturas de estas tupidas quebradas del distrito de Chongoyape, al sureste de Chiclayo. No es un cerro cualquiera; por el contrario, para los pobladores locales se trata de un apu o montaña sagrada, y para la inmensa feligresía nacional de brujos y chamanes, Chaparrí es algo así como la Meca o el lugar ideal para la recolección de alucinógenos naturales y demás hierbas. Precisamente esa naturaleza mística y profana ha sido una de las causas que ha hecho posible que el lugar se mantenga relativamente al margen de la depredación a la que han estado –y están- sometidos los bosques secos del norte del Perú. “Los pobladores únicamente recorren estas soledades de día, nunca solos y ahora creen que la montaña me ha encantado y por eso me atrevo a vivir entre sus árboles y sombras”, sonríe Plenge mientras nos invita a conocer el cerco que ha construido para proteger y posteriormente reintroducir osos de anteojos en el área.

En defensa de la fauna silvestre

Dos son las zonas en esta región desértica sudamericana donde los osos de anteojos se han adaptado con mayor ventaja, una en Apurímac y otra en este departamento de quebradas profundas y gran despensa alimenticia. “En Chaparrí y en sus áreas contiguas, acota Heinz Plenge, los osos pueden llegar a pesar doscientos kilos mientras que en la sierra sur apenas sobrepasan los cuarenta”. Eso es lo que hace viable este proyecto que se ha convertido en poco tiempo en modelo de gestión comunal allí donde el estado tradicionalmente no ha sido capaz de administrar con propiedad sus territorios. En el Perú, como en tantos otros países del Tercer Mundo, el manejo público ha sido cuestionado por la sociedad civil debido a su poca capacidad de encausar adecuadamente el reto conservacionista.

“Por eso es que nos interesa apoyar este proyecto, nos contó en Chiclayo Marco Mavila, de la cervecería Backus, empresa privada que desde el primer momento ha venido apoyando la iniciativa, se trata de sentar las bases para que estos ecosistemas se regeneren y vuelvan a ser productivos”. Y tiene razón, las lluvias no han dejado de presentarse religiosamente durante los últimos cinco años convirtiendo la zona en un bosque de verdes permanentes. La vida ha fructificado y como quiera que los propios campesinos de Santa Catalina han devenido en guardianes de sus tierras la fauna y flora se han revitalizado de tal forma que hoy nadie discute sobre el futuro de estos otrora impredecibles hábitats naturales.

Backus, agrega Mavila, ha salido al frente de nuevos proyectos en Chaparrí. En la actualidad el empuje de Heinz Plenge ha podido darle cuerpo a iniciativas conservacionistas que tienen como objetivo primordial reintroducir también pavas aliblancas (Penelope albipennis), venados (Mazama sp.), guanacos (Lama guanicoe) y, lo que es más sorprendente, cóndores de la selva (Sarcoranphus papa). Javier Vallejos, el encargado del cuidado de especies en Chaparrí, nos dijo que tres osos fueron avistados hace unas semanas en quebrada Pavas, a cuarenta minutos a pie, y que posiblemente los bosques se estén llenando de pobladores que antiguamente eran comunes por allí: pumas, cóndores y venados.

Vallejos es un tipo especial, vive en medio del bosque en compañía de su familia y de Cholita, un osezno de seis meses de edad que le disputa el patio central de la estancia, a uno de sus hijos. Los otros seis osos de Chaparrí ocupan un área de 25 mil metros cuadrados y han ido llegando paulatinamente después de haber sido encontrados en circos, factorías y otros lugares de espanto. “Domingo fue el primero en llegar, cuenta, al principio tenía miedo hasta de las mariposas. Calculamos que debe tener treinta años, veinte de los cuales los pasó entre un circo donde lo maltrataron duramente y un taller muerto de sed”. Precisamente el rescate de ejemplares en situación ilegal o cruel es otro de los componentes del proyecto. Tongo fue encontrado en un molino de arroz en Chiclayo, Daría también proviene de un circo y se calcula que deben ser cincuenta los que aún permanecen en esas condiciones.

Chaparrí, de seguir los éxitos, será un puente natural para que algunos de ellos, una vez localizados, se reintegren a sus espacios de vida silvestre. Ya el programa ha liberado un oso que ha sido avistado con cría y en buen estado. Esa es la idea, como que también es una buena noticia confirmar que posiblemente dos de las osas que viven en el corral que se construyó respetando los espacios naturales estén preñadas. Sería la primera vez que en el Perú se produce un alumbramiento en cautiverio.

Al rescate de las pavas

Chaparrí está ligado también a uno de los proyectos más emblemáticos del norte del Perú, el de las pavas aliblancas del Zoocriadero Barbara D’Achille, en Olmos. Para conocer más de esta simbiosis conservacionista visitamos a Fernando Angulo, su activo director. El fue quien nos contó que dieciséis pavas nacidas en cautiverio fuero liberadas el año pasado en quebrada Pavas, en una de las zonas más agrestes del territorio de 34 mil hectáreas que los campesinos de Santa Catalina han dispuesto para la reserva de Chaparrí. Los resultados han sido más provechosos de los esperados: dos de las aliblancas se marcharon lejos, a casi veinte kilómetros de distancia, a buscar su suerte confirmando que la especie todavía puede recuperarse en estos bosques en su mayoría propiedad de las comunidades nativas, y otras han iniciado la construcción de sus nidos.

En quebrada Pavas conocimos a Marín Vallejos, de Santa Cruz, Cajamarca, el solitario guardián de la inmensa jaula que cruza la quebrada y que sirve como estancia provisional para los ejemplares de Penelope albipennis que pronto ganarán la libertad absoluta. Allí las pavitas inician un aprendizaje fundamental que les permitirá conocer el alimento natural que será la base de su vida futura. Sin embargo, como nos lo confesó el propio Fernando Angulo, la reintroducción ha planteado nuevos retos, pues muchos de los hábitos sociales aprehendidos por las pavas provienen de su contacto con humanos durante el cautiverio. “Se trata ahora de evitar esa impronta para que los individuos que se suelten en los bosques no sólo puedan sobrevivir si no también reproducir la especie. En eso estamos y Chaparrí nos permite experimentar y aprender de manera más creativa...y rápida”


Corredores biológicos y Comunidades Campesinas

Uno de los logros mayores del proyecto Chaparrí es el compromiso que las comunidades han asumido en la protección de los bosques naturales y las especies silvestres que allí viven. Para Heinz Plenge son los comuneros los legítimos propietarios de estos bosques y son precisamente ellos sus mejores guardianes. “En Perú, nos dijo mientras apurábamos el almuerzo que la esposa de Javier Vallejos nos había servido en el acogedor comedor al aire libre desde donde se puede apreciar una espectacular vista del apu Chaparrí, el Estado no ha sido capaz, principalmente por falta de recursos, de administrar apropiadamente las áreas naturales protegidas. Donde llega impone condiciones que no son rentables para los pobladores locales que son mantenidos al margen, muchas veces, de los beneficios económicos que dichas áreas pueden generar”. Se produce entonces un previsible disloque entre los actores directamente involucrados en la conservación y las normas oficiales. El resultado de esta inútil contingencia es el retraso en el éxito de las políticas y el fracaso de cualquier medida proteccionista.

“Si son las comunidades campesinas las que van a manejar y conservar sus tierras, el destino de los bosques secos del norte está garantizado”, nos volvió a insistir antes de despedirnos. Felizmente, así parece haberlo entendido los pobladores locales que empiezan a recibir los primeros beneficios de una alianza que amenaza con cambiar la secular pobreza en la zona. En Chongoyape, la localidad más cercana a la reserva, alguien nos había dicho que las comunidades vecinas de Santa Lucía y Yaque han manifestado su deseo de integrar sus bosques a la zona protegida, lo que significaría un corredor de más de cien mil hectáreas para osos de anteojos y otras especies en peligro de extinción.

La creación de estos corredores biológicos representa el más caro sueño para todos los que se han asociado tras los buenos deseos de Chaparrí y como bien lo dijo Bernie Peyton, el estudioso que por años acompañó a Plenge en sus aventuras y sueños por la región, los osos son excelentes dispersadores de semillas y su buena memoria y extraordinarias dotes de caminante, los convierten en verdaderos abanderados de un bosque continuo que podría llegar en pocos años hasta Piura y de allí tomar el camino que los lleve a los refugios verdes del Ecuador. Si esto sucede, el hombre habrá derrotado a sus peores demonios.


Salvando a los Cóndores Reales
Backus ha financiado en Chaparrí la construcción de un cerco que resguarda 25 hectáreas de tierras aptas para la reintroducción de guanacos. Antiguamente estos camélidos merodeaban por la zona y era común verlos en libertad. En las próximas semanas, de prosperar el pedido que los comuneros de Santa Catalina han elevado a Inrena, tropillas de guanacos volverán a vagar por estas laderas desoladas y aptas para la reproducción de la especie.

Y si la salud del bosque sigue mejorando y los nuevos inquilinos reconstruyen la cadena trófica los cóndores reales volverán y el ciclo de la vida –y de la muerte- servirá para que se restablezca el orden en Chaparrí.

“Aquí hay tranquilidad para comer–agrega Heinz Plenge, a propósito de estos cóndores- pero no hay la suficiente comida. Sin embargo, en el extenso litoral de Lambayeque el fenómeno es inverso: hay abundante comida y ausencia de tranquilidad. La idea es recoger con una camioneta o camión uno de esos lobos gigantescos que el mar vara y que se pudren en las playas; con ese alimento a cuestas, marchar hacia Chaparrí y alimentar provisionalmente a los cóndores (en la actualidad sólo una pareja resiste en las escabrosidades del apu), mientras se rehabilitan las poblaciones de sajinos, venados y guanacos. Calculo que en unos cinco años se puede restablecer la cadena trófica.”