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Miércoles, 3 de febrero de 2010
 
 
Viajes con sentido

Ritos de Altura

Apoteosis y esplendor de una fiesta en los andes


Texto: Rosendo Maqui/ Fotos: Walter Silvera

Deborah Poole, hace casi veinte años, rompió fuegos contra una versión sobre el Qoyllur Rit'i que se había convertido en verdad sagrada para la antropología y los estudiosos del mundo andino: la fiesta al pie del nevado Qolqepunko -iniciada en 1783, época de grandes convulsiones en los Andes, tiempo de Túpac Amaru- representaba, junto al mito de Inkarri, la constatación más lograda de la utopía andina, del deseo oculto de las poblaciones indígenas de volver al pasado; de destruir el orden impuesto desde la Conquista, reestableciendo el Incario (o alguna otra versión mejor lograda de este).

La norteamericana afirmaba en cambio, después de haber tomado contacto con la peregrinación más famosa de las alturas de Quispincanchis, que en el Santuario de Qoyllur Rit'i convergían demasiadas intenciones como para seguir hablando de una fiesta pagana, campesina, de pueblos -los de Ocongate y Paucartambo- ilusionados con una vuelta al Tawantinsuyo. Para ella los festejantes tanto del culto al taitacha Qoyllur Rit'i como los fieles al Señor de Tayancani, no esperaban necesariamente el pachacuti que restablecería el orden destruido por Pizarro y los suyos. Deborah Poole, y con ella un grupo de investigadores de la dinámica social en los Andes, avistaron mejor que nadie los profundos cambios que empezaban a darse en el hasta entonces estático mundo campesino. Para ellos la puneñización de la fiesta y la mercantilización de los intercambios y ofrendas que realizaban los peregrinos, atendían a fenómenos que estaban modificando el rostro rural del Perú.

"La totalidad de los cambios que han ocurrido en el culto a Qoyllur Rit'i entre 1979 y 1987 -años que duró el estudio de la investigadora- parecen correr en sentido contrario a las visiones antropológicas de una cultura campesina imaginada a partir de ritos telúricos y supuestas permanencias prehispánicas". El Qoyllur Rit'i 2005, así como la fiesta de la Virgen de la Candelaria (ver Viajeros n° 8 y 13), le dan plena validez a estos postulados: ambas celebraciones tienen una impronta nueva, a veces antagónica. Las dos representan manifestaciones vivas de un sincretismo antiguo y a la vez moderno. Para los más de treinta mil caminantes que se dirigen al santuario cada año, las motivaciones de sus afanes son tantos como las ilusiones que traen desde sus localidades, la mayoría enclavadas en los departamentos de Cusco, Puno, Madre de Dios, Apurímac (pero también en Lima, Arequipa, el resto del país).

Y como quiera que los tiempos modernos atropellan a los individuos, impidiendo las más de las veces su integración a una comunidad que los acoja, solo queda espacio para las peticiones particulares, para una religiosidad menos colectiva. "Los nuevos participantes vienen más bien atraídos por los milagros del Señor y, en especial, por el juego de compra-venta que ahora se realiza en su santuario como rito destinado al mejoramiento de la vida material de sus devotos", concluye Deborah Poole.

Estuvimos en la última celebración del Señor de Qoyllur Rit'i reportando sus cambios y sus permanencias. Ascendimos, desde Ocongate, hasta la capilla donde se venera al Señor de Tayancani y nos dimos maña para subir, desde Mahuayani, al Sinakara y desde allí saludar al taitacha más celebrado de todos los tiempos. El siguiente portafolio da cuenta de nuestras vicisitudes y también de la que cada año padecen ukukos, q'ara chunchos, cápac chunchos y qollas; mestizos, vendedores de toda laya, camioneros, comerciantes de Puno y de Juliaca; sacerdotes de pueblos tan disímiles como Chincheros, Paruro, Alcomayo, Ccatca, Carhuayo; y uno que otro periodista en plena faena. Todo por un culto que trasciende, muchas veces, nuestras percepciones e interpretaciones. ¡Viva el Eterno Señor de Qoyllur Rit'i!