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Miércoles, 3 de marzo de 2010
 
 

El Carnaval de Cajamarca, versión 2010
Si existe un tiempo en el que todo vale, ese es el tiempo del Carnaval. No importa si llueve o si el sol quema hasta los huesos. Solo interesa bailar, cantar las coplas carnavaleras y brindar para festejar. La fiesta siempre empieza a fines de enero y dura casi todo el mes de febrero, pero los días principales van desde la salida del Ño Carnavalón hasta el desfile de las comparsas y los carros alegóricos en el Corso de Carnaval. Es decir, son tres días en los que se permiten todo tipo de excesos.

Fiesta multicolor
El sábado 13 de febrero, por ejemplo, por lo menos unas diez mil personas acompañaron al Ño Carnavalón por las calles de la ciudad. Y para participar en este multitudinario recorrido no solo se debe tener resistencia para caminar y bailar durante horas, sino que también se debe salir preparado para recibir baldazos de agua, terminar pintado de pies a cabeza y soportar los arrebatos de la naturaleza. Claro que la chicha y la cerveza ayudan, aunque la mejor táctica es pintarse en la casa antes de salir, para evitar los ataques callejeros. Los días que siguen son menos agresivos. Solo los baldazos y los globos con agua se mantienen hasta el final de la fiesta, pues la pintura queda excluida de los festejos después del ingreso del Ño Carnavalón.

Nos olvidamos de cupido
Nadie se acordó del Día de San Valentín en Cajamarca, la preocupación era encontrar un lugar en el estadio o en las calles para ver pasar a las comparsas de los barrios que cada año participan en el concurso de carnaval. Los vecinos de San Pedro, Cumbe Mayo, San Sebastían, La Merced, La Florida, Chontapaccha, entre otros, lucen coloridos disfraces que ellos mismos han confeccionado durante varias semanas. Ni siquiera la torrencial lluvia que cayó este año durante el desfile de las comparsas consiguió que la gente abandonara su lugar en las veredas de las calles. La mayoría estaba preparada para soportar cualquier aguacero bajo un poncho de plástico.

Fin de fiesta
Si el sábado y el domingo habían sido interminables días de celebración, el lunes tenía que ser aún mejor pues al día siguiente todo volvería a la normalidad. Por eso, desde las nueve de la mañana, todos los que habían llegado a Cajamarca para disfrutar el Carnaval buscaban la mejor ubicación en las graderías improvisadas que se habían instalado en las calles para ver pasar el Corso. Diez, quince, veinte o veinticinco soles cobraban por un espacio en las graderías. Chicharrones y cerveza se encontraba por todos lados para continuar con los festejos. Recién al mediodía comenzó el desfile y terminó pasada las cinco de la tarde. Por la noche, la bulla seguía en la Plaza de Armas. (Yvette Sierra, enviada especial a Cajamarca)