57
Miércoles, 24 de febrero de 2010
 
 
 

Viajero de la Semana

 

Luis Eduardo Cisneros, “Viajar es salir y cortar la simbiosis a veces frenética y enfermiza que desarrollamos con ese mundo que nos adoctrina para ser “yonkees” de la inmediatez, la productividad y el éxito”



Luis Eduardo es comunicador social y periodista, psicólogo clínico, diplomado en Análisis, Gestión y Resolución de Conflictos Socioambientales y Máster en Marketing, una vida agitada a sus cortos treinta y pico años. Es un activo impulsor del desarrollo del periodismo ambiental en el Perú, gestor de iniciativas de conciencia y lucha de los derechos ciudadanos ambientales a través de campañas como “Salvemos La Oroya”, iniciativa que le valió un reconocimiento especial en el reciente “Premio Nacional de Ciudadanía Ambiental 2009” organizado por el Ministerio del Ambiente. Es actualmente director de comunicaciones de la Sociedad Peruana de Derecho Ambiental (SPDA) y editor periodístico de la agencia de prensa ambiental “SPDA Actualidad Ambiental” www.actualidadambiental.pe


“Viajo para disfrutar de la levedad orgásmica que brinda el alejamiento temporal -y espacial- de nuestras seguridades y pequeños feudos urbanos. Ser nadie y nada en un terruño lejano, nos permite situarnos en un limbo de percepciones donde cada palabra, imagen o sufrimiento, se impregna de olores, texturas y tarareos que embriagan y tatúan la memoria con sinapsis en alto relieve. Viajar es salir y salir es cortar la simbiosis a veces frenética y enfermiza que desarrollamos con ese mundo que nos adoctrina para ser “yonkees” de la inmediatez, la productividad y el éxito.

Cada vez que me transformo en forastero me convierto en una máquina insaciable de percepciones que se redefinen y trastocan sensualmente. Hace poco, sentado en un restaurante de Toledo, España, juro haber experimentado el engrosamiento y aumento de la capacidad perceptual de mis papilas gustativas en respuesta a la fina y enrojecida estela que dejó una “Sopa Castellana” sobre mi lengua.

A fines del año pasado le comentaba a mi analista sobre los distintos “seres” que pueden habitar en el cuerpo de uno a lo largo del tiempo y que en los viajes suelen aparecer con particular vehemencia. Como ejemplo de ello tomo como referencia un viaje que realice hace poco más de siete años cuando trabajaba como periodista de investigación en un conocido programa dominical. Un actual camarada verde que en ese entonces laboraba en una Ong verde, linda y conservacionista (acostumbrada a mover hilos políticos muy caletamente), me “dateó” que un congresista de la República venía extrayendo madera ilegal de un área natural protegida cerca de Aguaytía. Rebosante de irresponsabilidad y estupidez, le propuse a mi jefa ir solo hasta Aguaytía con mi trajinada handycam y mis entonces jocosos 67 kilos de peso (!juventud divina esbeltez!) para agarrar infraganti al otorongo maderero y sus secuaces.

Cuarenta y ocho horas después me encontraba solo en Aguaytía, empapado de sudor, con mi handycam prendida preguntándole al hermano mafioso de nuestro padre de la patria, si eran verdaderos unos documentos que aseguraban que él y su hermano estaban blanqueando madera. Mientras el corpulento sujeto ensayaba alguna inusual historia, pude observar que en la mesa de noche de su cuarto yacían dos revólveres que no parecían antigüedades. El sujeto me insultó y amenazó con hacerme dañó si no le entregaba la cinta. Haciendo nuevamente gala de mi estupidez, me acordé de Flash Gordon y batí un nuevo récord en los 400 metros con escaleras estilo “downhill”. Días después, el dueño del hostal donde me quedé la primera noche, se comunicó conmigo para contarme que alguien había entrado al cuarto donde dormía y se había llevado las pertenencias del huésped de ese día.

La relevancia de lo antes descrito radica en que cada vez que decido viajar, se apodera de mi un personaje cuasi teatral con un guión que fluye como los dioses. Las leyes y las estructuras de mi hábitat se vuelven inútiles para este ser que responde uno a uno a un sinnúmero de estímulos que gozan de una destacable humildad, al no exigir de mí grandes respuestas o decisiones. Simplemente, cual tabla rasa, actúa en armonía con la realidad de ese momento, invitándome sorbos de verdad.

Recuerdo este hecho y no hago sino sorprenderme de las malas decisiones y planes que ejecutaba “aquel” pequeño dictador que gobernaba mi cuerpo en ese viaje, porque si de algo tengo certeza es que una situación como la antes descrita en la actualidad, incrementaría el número de sesiones semanales de mi psicoterapia y me sometería a ser un novel inquilino de aquella golosina psíquica cada vez más “in” llamada Prozac.

Volver siempre será otro viaje. Extrañar el pellejo cotidiano y el embobamiento laxante que nos imprime la rutina puede ser indispensable para soportarnos los unos a los otros mientras alistamos la mochila para el siguiente éxodo”.