Cusco pone…y pone bien. Doce mil personas llegaron en las últimas semanas a la capital del turismo peruano convocados por una campaña que puso por primera vez) al alance del viajero nacional destino tan mágico y publicitado. Y tan de moda. Digamos que lo que no pudo la prédica de los que venimos ensalzando la propuesta de turismo interno para todos, lo consiguió el desborde hídrico y sus secuelas sobre los pobres del país y el ánimo de políticos y empresarios. Los primeros acostumbrados a las ideas de otros en tiempos de elecciones. Los segundos, impresionados por la profundidad de la crisis económica internacional que empieza a golpear a un sector que venía creciendo como nunca.
Al final, qué importa quien fue el responsable del cambio en el statu quo. Lo importante es aprender las lecciones y empezar a construir escenarios posibles para que el Cusco Pone, se convierta en Huaraz Pone, Iquitos Pone, Lunahuaná Pone…Y que la fiesta de turismo para todos se convierta en una necesidad, en un objetivo altamente valorado por los viajeros cholos y por los operadores turísticos que a fuerza de iniciativas como ésta entendieron que las ganancias (aunque menores) de las temporadas bajas siempre suman en el ejercicio contable de casa año.
Se trata de construir el nicho del turismo interno, de enseñarle al viajero nacional a moverse en temporadas de poco tránsito. Formarlos en el deseo de conocer, pagando menos, los destinos –y los servicios- que los líderes de opinión (cantantes, jaimebaylys, visitantes ilustres) disfrutan en nuestro país y saludan en las páginas de sociales de los medios de comunicación de adentro y de afuera. No se puede construir una movida turística sólida si no se activan los vínculos entre la oferta y los consumidores nativos.