LA RUTA DEL FIDA Anna Cartagena regresó del sur, adonde había ido a cubrir las incidencias de la “Ruta de Aprendizaje Innovaciones del FIDA para el desarrollo rural y la eliminación de la pobreza en América Latina y el Caribe. El Caso de Perú” , llena de ilusiones. En Chivay, Sibayo y Espinar el suyo fue un encuentro diferente con los campesinos del Perú. Un encuentro esperanzador y completamente horizontal: finalmente, como lo conversáramos en nuestra redacción, los proyectos de desarrollo no solo tendrían que ser capaces de mejorar las condiciones de vida material de los más pobres sino, sobre todo, deberían funcionar como palancas de desarrollo de la autoestima local, pues contribuyen a construir ciudadanía y amor por los activos culturales de los hombres y mujeres del campo.
En los últimos años se han gastado millones de dólares en lo que pomposamente se ha llamado “promoción del desarrollo” y no solamente en el Perú, no, la inversión social en América Latina ha sido cuantiosa en dinero y en programas de todo tipo. Conclusión: pese a tantos esfuerzos y desembolsos el panorama sigue siendo el mismo. Haití no es el único país pobre de nuestra región. O digámoslo de otra manera: Ica, durante el terremoto y, lamentablemente después de la catástrofe, fue Haití y las imágenes que nos trae en estas mismas horas la televisión de las provincias del Cusco y Puno abatidas por las lluvias tienen reminiscencias haitianas. Llanto, dolor, muerte, desesperación para los más pobres…
Pero en ciertas regiones de América Latina y el Perú, los proyectos de desarrollo calaron fuerte y contribuyeron a cambiar radicalmente situaciones y singularidades. He conocido algunos de ellos, pero el del FIDA es uno de los que más alivio ha llevado donde le tocó intervenir. Y lo sé por los comentarios de los comuneros de la comunidad campesina de Racchi, en el Cusco: antes parceleros pobres de pedacitos de tierra, hoy emprendedores que venden turismo, artesanía y cultura local al mundo. Gracias al modelo de intervención que el FIDA les propuso, ellos pudieron superar las barreras del desarrollo y entender con convencimiento que la pobreza que vivían se debía, entre otras cosas, al abandono de sus activos culturales. De eso he hablado bastante con Roberto Haudry, caballero de larga figura y sueños al viento que conocí en Lima hace algunos años y que tuvo la grandeza de acudir a mi invitación para dictar un curso en el diplomado de turismo sostenible de la Universidad Antonio Ruiz de Montoya.
Me alegra mucho que Anna haya conocido a Roberto y junto a él a otros buenos militantes de la causa FIDA, como Pepe Salier y Carlos Gutiérrez. Me alegra tanto que haya vuelto de su tierra natal cargada de ilusiones porque son tantas las tareas que nos toca por cumplir que siempre es bueno ver lo positivo, llenarnos de esperanza, invadir un lote de cielo en el cielo del futuro.