Renzo Piana, “La vida es un viaje en el que todos solo conocemos la última parada”
Ha trabajado más de 15 años en diversas iniciativas de conservación e investigación en la Amazonía peruana. En diciembre último culminó un apasionante trabajo de campo en el que pasó más de un año estudiando aves de presa en la Reserva de Biósfera del Nor Oeste. Ahora, viene cursando el tercer año de su doctorado en la Universidad Metropolitana de Manchester, Inglaterra.
“Nací en medio de la bruma de Miraflores, muy cerca al mar y rodeado de cuculíes. Desde muy niño sentía una gran curiosidad por las aves y luego se transformaría en asombro y admiración cuando, a través de un par de binoculares, pude ver un halcón peregrino perchado en un árbol frente a la casa de mi abuela en plena Avenida Pardo… me quedé impresionado con el tamaño de las patas y las garras, el depredador alado perfecto tenía una mirada bien seria. Tendría como 9 años y esa imagen quedó marcada para siempre en mi cerebro. Desde allí todo fue una fijación con las aves de presa, tenía que salir a buscarlas.
Con los años descubrí que podían entrenarse y pasé horas de cacería que contribuirían a crear una disciplina de observación y aprendizaje en compañía de unos cuantos marcianos que, como yo, preferían pasar los fines de semana en Chilca correteando entre los chopes. Optar por Ingeniería Forestal en Universidad la Agraria La Molina fue el paso más lógico en mi vida. Allí, en compañía de mis nuevos camaradas y futuros colegas, los viajes de descubrimiento –pese al terrorismo- al interior del país fueron siempre una aventura.
El primer viaje que recuerdo fue a Huaraz, con mis padres y hermanos. Yo solo tenía unos 8 años y ver el Huascarán empinándose sobre una devastada Yungay -con cruces, buses retorcidos y campanarios de iglesias- fue impactante. Quería salir corriendo por temor a que una porción del nevado se desprendiera nuevamente sepultándonos a todos. Ya adolescente, mis visitas a la costa norte durante el verano fueron una constante. Descubrí los bosques de algarrobos y sus aves, las playas, el ritmo relajado y el hablar cadencioso de su gente. Los retornos a casa me dejaban con la sensación de que aún había muchos lugares por descubrir.
Cuando trabajé en Loreto realicé algunos viajes que me marcaron para siempre. Las largas horas, a veces días, recorriendo los ríos Ucayali y Marañón en lancha traen recuerdos dulces y amargos: el hacinamiento, la improvisación y el permanente riesgo de naufragio combinados con la alegría loretana me hicieron ver que estamos jodidos pero contentos y eso de alguna forma transmite un optimismo a prueba de balas.
El Qoyllur R’iti fue revelador: miles de personas en peregrinaje a más de cuatro mil metros de altura demostraban que aún después de 400 años seguimos adorando a nuestros dioses originales. Nunca nadie me había hablado de eso. El Perú no deja de ser una caja de sorpresas.
La vida es un viaje en el que todos conocemos la última parada. Viajo por curiosidad y afán de descubrimiento; para huir del cemento y del ruido apabullante; para escapar de la velocidad de la ciudad y de sus habitantes que corren y se empujan para ser los primeros en llegar a un semáforo; porque es una manera de seguir a Raimondi y a Humboldt y comprobar que han pasado 200 años pero que Lima sigue estando más cerca de Europa que del resto del Perú; porque aún me quedan muchas aves que ver y porque viajar es aprender y también conocerse a uno mismo.
¿El futuro? Bueno, estaré pronto en los claustros universitarios y aunque esto también implica viajar, el entorno será bastante más urbano y de decadencia industrial. Ojalá disfrute de cálida compañía y de buen fútbol en los pubs de Manchester. Espero con ansias mi retorno al Perú. Hay aún muchos viajes pendientes, de esos que se acuerdan con colegas mientras la adrenalina de la última salida sigue fluyendo por el cuerpo y aunque no sé a dónde me llevará mi próximo viaje, me muero de ganas de llegar allí”. |