Viajero de la Semana |
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Luis Vereau en espectacular quiebre kayakero en los rápidos del río Cañete en Lunahuaná, como todos los años...
EL VERDADERO PERÚ
¿Alguien necesita otra razón más para viajar?
Lucho Vereau es un viajero impenitente, feliz caminante y notable kayakero de aguas marinas y ríos torrentosos, además de excelente catador del pisco, especialmente los de la tierra que lo adoptó -o a la que adoptó- Lunahuaná, donde cualquier fin de semana el viajero puede deleitarse con sus deliciosas pizzas de camarones y demás. Aquí una razón más, tal vez la única o una de las mejores razones para viajar: simplemente, ser feliz…
A mí -como a ustedes, seguramente-, me han preguntado más de una vez ¿por qué viajas tanto? Debo confesar que quizás cansado o sobrecargado de kilómetros y civilización, a veces no he tenido la respuesta contundente e inmediata que me hubiese gustado dar. Y es ahí que volteo al desierto y, por enésima vez, vuelvo a Paracas. Con la camioneta cargada de lo indispensable y la mejor compañía posible, comienzo a internarme desde Pozo Santo en las primeras horas de la noche, siguiendo huellas a veces esquivas y manteniendo a la Cruz del Sur sobre mi hombro izquierdo. Treinta kilómetros después encuentro la costa y respiro casi eufórico ese olor intenso y salitroso, lleno de vida, casi tangible, característico de la Bahía de la Independencia. El sonido de las olas y la punta de playa Karwas me ayudan con el último tramo hasta llegar a La Tunga, donde después de saludar a mis amigos “concheros”, instalo el campamento y prendo la primera fogata.
Todos mis viajes a la zona han sido recompensados de la mejor manera. Algunas veces nuestros kayaks nos han llevado por islas y puntas. En otras, la pesca ha sido la actividad principal y en todas snorkel y máscara nos han permitido flotar suspendidos en las aguas de ese mar de vida tan lejano a la tugurizacion del Chaco, el apetito de las compañías hoteleras y la contaminación de plantas harineras tan evidente en el límite norte de la Reserva. Pero a veces las cosas rayan con lo mágico. A veces, los delfines parecieran haberse organizado para desfilar frente a nuestro campamento, el viento da tregua y el sol brilla como sabe brillar en el desierto iqueño. El único sonido perceptible es el del mar y el grito de las aves, amas y señoras de esta orilla. Caminamos entre las dunas, nos bañamos hasta arrugarnos y sudamos cuesta arriba en el Morro Quemado para ver el más extraordinario atardecer, vigilados por siete cóndores que vuelan sobre nuestras cabezas.
En la noche, de regreso al campamento y con el respectivo vaso de chilcano de pisco en la mano, la respuesta se ve tan clara como Orión en cielo oscuro: Viajo tanto simple y sencillamente porque me hace FELIZ. (Luis Vereau)
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