Lima-Perú  Domingo, 18 de Mayo de 2008

ViajerosPerú
De cómo "descubrimos" Olleros
Por: Yuri Mellet, 12 de abril de 2008

Como cada deporte establecido, el ciclomontañismo tiene su épica y sus leyendas, pero parece que nadie se preocupó de historiarlas, por eso una y otra vez tengo que recurrir a los archivos, si no actuales, siempre oportunos. Ojo a la fecha para ser indulgentes con algunas antigüedades. Como sea, este es un clásico.

Esta es la crónica de un “descubrimiento”. Pero así, entrecomillas. La aclaración viene al caso porque me enteré vía chisme - cuando no, tíos- que una sociedad de impugnadores preparaba una carta aclaratoria en respuesta a esta historia, que ni siquiera había entrado a imprenta. Como lo que contamos trata de ser lo más objetivo posible, no nos queda más que concluir que estos señores son enemigos de la verdad y, por lo tanto, merecedores de nuestra indiferencia.  La anécdota es instructiva porque ilustra la pugna que se ha desatado entre algunos grupos de ciclomontañeros por la autoría o el descubrimiento de la mejores rutas de montaña. Entonces, antes de entrar en una historia que podría provocar  susceptibilidades en algunos egos, conviene ridiculizar un poco la palabra y el concepto de “descubrimiento” remitiéndonos al descubridor original, Colón, quien nunca llegó a donde quería y no le bastaron tres viajes para enterarse de que, una vez más, había calculado mal. En todo caso, 500 años después, resulta de mal gusto hablar del “descubrimiento” de América. Colón abrió una nueva ruta, pero lo hizo para una cultura, para un modo de ver el mundo. Como lo que nosotros usamos son caminos ya establecidos por generaciones de antepasados que le dieron otro uso, tampoco estamos descubriendo nada. Pero también, antes que nosotros, le dieron uso para movilizarse en biclas, como esta historia demuestra y varios personalmente testificados lo confirman, desde las ciclovías de Omas hasta las de Pampa Cañaguas y las cabeceras del  Colca.  Sin embargo, sí abrimos rutas para el ciclismo y con ello al turismo y eso ya tiene un valor pero, antes que éste, un costo, pagado solo por los “descubridores”.
 
Así que naides descubrió na.  Bájate del caballo y honra a tus antepasados, radicales caminantes y padres de todo esto.

Esta es  un poco la historia del MTB en Lima.  Ese año (1991) habíamos explorado, más allá de todos los caminos que se internaban de Pachacámac al desierto rumbo a la Sierra, todas las huellas o rastros de huellas de los alrededores.  En esa época aprendimos que para encontrar una buena ruta (un buen loop) singletrack era preciso explorar, hasta el punto de perderse en el camino, unas cinco potenciales rutas.  Generalmente, esas  “perdidas” consistían en un  downhill por rocosos escalones de 10 metros o por interminables e intransitables arenales. Y aún así, era frecuente encontrar primero la subida o la bajada y, recién después de sucesivas exploraciones, que incluían movimiento de piedras y varias pasadas y repasadas para asentar secciones inestables, se “descubría” o, mejor dicho, se trabajaba  el complemento de la ruta.  Este método de prueba y error, de trabajo y gratificación llevó en esas épocas (1990-91) a completar todas las más famosas rutas y/o circuitos de Pachacamac como el del Puquio, Chirimoyo  y varias otras que se mantuvieron secretas o en el olvido.

Pronto, Pachacámac se quedó chico. En nuestra búsqueda del loop perfecto habíamos sentido que ningún downhill parecía lo suficientemente largo como para compensar los sufridos uphills. Por otro lado, sabíamos que casi todos los caminitos confluían en una meta casi mítica, a la cual comprobamos que era imposible llegar con las vituallas y el agua que una montañera permitía cargar para un día. (Porque una de las cosas que nació entonces fue una modalidad de viaje ultraligera en montañera, donde cargábamos en una mochila compacta -no más de 5 kg- lo necesario para ir llegando de pueblo en pueblo, sin grandes paquetes que le quiten placer a la travesía).  Por lo tanto, para hacer un satisfactorio downhill había que emprenderlo desde arriba, donde los caminos se juntaban. En todo caso, tanto de subida como de bajada, el desierto a cruzar era temible y no era cosa de intentarlo sin estar bien preparado y equipado. 

Pero no era eso precisamente lo que pretendíamos el día que Alfonso (Roda) y yo salimos pedaleando de Casablanca, en Pachacámac, rumbo a Cieneguilla para allí alcanzar el carro a Huarochirí que supuestamente pasaba a eso de las 0900.  Lo que habíamos planeado hacer en esa ocasión era sencillo: llegar temprano en bus a la altura del cruce de la antigua y la actual carreteras a Huarochirí para seguir esta última en su descenso por la quebrada Tinajas y regresar al atardecer o en las primeras horas de la noche. Un largo descenso, sí, pero algo relativamente seguro.  Nada de internarnos en lo desconocido esta vez.

Ahora bien, hay que tener en cuenta la fecha (Oct 91).  En esa época la experiencia colectiva del MTB peruano no pasaba de lo que nosotros mismos hacíamos, los ocasionales raids que diferentes grupos habían realizado sin alejarse demasiado de las carreteras y la incipiente escuela cusqueña que seguía  los pasos dejados allí por algunos tempranos exploradores españoles. O sea que las posibilidades, autonomía de vuelo de nuestras naves y nuestra propia capacidad nos eran casi desconocidas o carecíamos de referentes para saber en qué estábamos. Por lo demás,  las luces para montañera eran una rareza en Lima y en todo caso la idea de prolongar la pedaleada más allá de la caída del sol era mirada con escándalo. También estábamos entrando a la época más brava de los terrucos y se solía considerar que los alrededores de Lima estaban infestados de ellos.  Algunas otras cosas no sabíamos....como los tiempos y plazos de las diligencias andinas.  Al “Pérez” tuvimos que tomarlo en Nieve Nieve recién al mediodía para detenernos y almorzar en Antioquía.  Así que por Langa –totalmente árido al centro de 4 años de sequía- pasamos a las 1500 y a Tres Linderos, donde siguen empezando casi todos los paseos actuales, llegamos pasadas las 1600.

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Estamos en la cima de la divisoria entre la cuenca del Lurin y el mar, donde se juntan todos los cerros a espaldas de los balnearios del Sur.  Al principio, la carretera va flanqueando la cima, especie de columna vertebral con dirección SSE-NNO coronada por puntas de piedra de imponente aspecto -rematando las cuales destaca por su altura Cerro Pamparena con su punta, el Apu Wichuca a 4000msnm- o por “bosquetes” de rocas y a ambos lados de las cimas, entre 100 y 300 mts. más abajo, explanadas a modo de balcones: la que da a la derecha, hacia el N, más alta y estrecha, desciende abruptamente hasta el Valle de Lurín, la otra al SO, desciende suavemente en colinas onduladas atravesadas por grietas, lechos rocosos que se van convirtiendo en verdaderos ríos secos que en su descenso hacia sus colectores comunes: la Quebrada Cuculí,. que desemboca en Chilca, Chamaure, en San Bartolo, Malanche en Punta y Lúcumo, en Lurín,  forman alucinantes cañoncillos que atraviesan una sucesión de pisos ecológicos muy singular: de hecho, algunas zonas de vida únicas.  Esta estrecha meseta se detiene abruptamente más o menos a los 2800msnm formando un arco de “balcones” con foco al SO desde el cual en días despejados se divisa la costa entre Pucusana y San Lorenzo y todos los cerros que descienden hasta ella.  Las diferentes combinaciones de condiciones climáticas, altura de las nubes por encima y por debajo del nivel del observador, la visión de la altamar en una altura inesperada del horizonte y la vegetación –praderas y matorrales- que aún en la época seca prestan complementos dorados al paisaje, hacen de esta región uno de los mejores miradores del crepúsculo.  En los contrafuertes al pie de estos balcones se forman en variables épocas del año (sobre todo Otoño) una vegetación que complementa la vegetación de secano más arriba y que  no puede ser mejor caracterizada que como una loma de altura a 2500 msnm muy conocida por los pastores viajeros.  Entre la fauna avistada o percibida en esta zona hay zorros, zorrillos, muca, vizcacha, roedores varios, un mustélido, incontables reptiles –incluida una especie de salamandra, gato montés, puma, palomas diversas, perdices que ocasionalmente se convierten en plaga, por lo menos media docena de rapaces diversas, cóndor, zorzal andino, pájaro del Inca , colibríes  varios,  pájaro carpintero, etc.  En suma, un paisaje para disfrutar de la contemplación.
  
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La parte que siguió a continuación es profundamente personal.  Sentía en el aire una ligereza difícil de describir, más allá de la que se puede sentir por la altura.  Recuerdo mi paciencia para ponerme música (Deuter: Sands of Time) y dedicarme a fluir por ese paisaje, por esa parte tan relajada de Corral Blanco y los muros. Alfonso guiaba y yo tenía la seguridad de que en dos horas avanzaríamos lo suficiente como para estar en alturas más seguras. Creo que él ya no estaba tan seguro. Y de hecho ya no sabíamos dónde estábamos.

Cada uno por su lado y sin conocerlo entonces, ambos teníamos un lugar especial en nuestros recuerdos para este sitio. Alfonso me había hablado de largos paseos familiares en los que llegaban al final de la carretera a Cuculí,  y  Olleros  no aparecía.  ¿Olleros?...Allí arriba, señor...tres horas caminando...Yo recordaba, de los paseos playeros al Sur, el letrerito colorido, con azules que evocaban su tan escasa agua, que invitaba a visitar Sto. Domingo de los Olleros, 50 kilómetros Chilca adentro. Cambiar la  playa por un día cuesta arriba por el desierto era duro, pero nosotros lo éramos y una vez entramos, pasamos Cuculí, lindo “desierto” después de todo, y encontramos a los Olleros, bajando a comerciar sus ollas, pero no a Sto. Domingo, caminata cuesta arriba a 2800 msnm. entre las nubes.  Mucho tiempo después, cuando no sabíamos que no lo habíamos olvidado, la condición de origen y meta de todos los caminos pachacaminos, su presencia en el rincón más alejado cada vez que desplegábamos la Carta IGN de Lurín, convirtieron al lugar en una especie de meca inalcanzada.

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Una ollita de barro coronaba el arco de entrada, celeste, de un pueblo que yo no recordaba como Buena Vista (donde había estado antes y se suponía que deberíamos estar llegando) y cuya inscripción consignaba fecha de fundación colonial y el nombre, que al principio pretendimos atribuir a confusión de los locales: Santo Domingo de los Olleros...Cuando asumimos que los equivocados éramos nosotros y salimos de nuestra sorpresa, recién nos percatamos  de que estábamos en un aprieto.  Alfonso miró hacia las cumbres de los cerros que acabábamos de descender y yo miré hacia el fondo de las quebradas hiperáridas sobre las que el pueblo descansaba en su balcón colgante, echándole un reojo al sol casi poniente allá en el lejano horizonte Pacífico.

La situación era crítica.  Sin mapas, ignorábamos la altitud en que nos encontrábamos, pero lo expuesto de lugar amenazaba con una fría noche.  Nuestro equipo era precario, no más del que se necesita para un buen día de Lomas: cortavientos y un polo por ahí de manga larga.  Si bien el pueblo no estaba totalmente deshabitado, no se veía muy acogedor, por lo tanto no parecía recomendable pasar la noche ahí.  (Mucho después conoceríamos la tímida hospitalidad de su gente y su más que benigno clima). Además, yo tenía una inoportuna reunión de trabajo al día siguiente en la mañana y debía estar a primera hora en Lima.  Por lo tanto, decidimos que había que seguir la marcha. Interrogamos a algunos poblanos que nos miraban entre preocupados y divertidos por nuestra gratuita manera de meternos en problemas. Habían tres alternativas. Las mías: tomar el enlace peatonal que nos llevaba bajo los amenazantes farallones del Wichuca al Norte hacia la carretera a Tinajas, no quedaba claro si en subida o bajada;  o, literalmente, descolgarnos cuesta abajo por el desconocido camino real hacia la quebrada de Chilca. La alternativa de Alfonso era desandar lo descendido para retomar la carretera y llegar a la repartición donde, con suerte, podríamos tomar un carro que nos lleve a Lima, abortando así la misión.  Tan convencido estaba él que antidemocráticamente comenzó a montar en esa dirección. Pero, observando las nubes grises que se iban posando sobre las cumbres y pensando que si no teníamos esa suerte una noche allá arriba sería más fría aún, me mantuve en mis trece y logré que uno de los locales nos garantizara que lo mejor que podíamos hacer era bajar hacia Chilca. 

Así lo hicimos y la bajada a Huallanche – que incluye una breve porteada- resultó ser tan buena que llegamos al pueblo antes de que oscurezca, aunque la ansiedad  por llegar al pueblo nos impidió apreciarla plenamente.  Entramos sin saludar por una calle que resultó más difícil que la bajadaza de 1000 metros que acabábamos de hacer saliendo por una carretera que hasta ahora es una de mis favoritas para bicicleta, tanto que me hizo perder prudencia hasta que me caí, agravándome una fuerte lesión que había sufrido en la clavícula un año antes.  La oscuridad nos agarró parchando llanta en el empalme con la carretera principal a Chilca, recién en el fondo de la quebrada madre, a 50 km de la costa.  En un tambo cercano, una Inca Kola y unas galletitas y una voz que nos previene oportunamente: “cuidado con las acequias” trampas mortales para ciclistas en la oscuridad y que atraviesan el camino cada cierto trecho.  Con todo, mi lesión no me dejaba montar en la noche, así que al rato acabé caminando.  Lo que vino después fue una caminata bien conocida que algunos han repetido con nosotros por otras quebradas aún más desoladas y una hora clásica para llegar perdido: 3 de la mañana.  La tensión de la aventura estalló en Pachacámac, adonde llegamos bronqueándonos de boca pero sabiendo en el fondo que aquello nos había unido bastante. A la mañana siguiente, a la hora de mi reunión, solo pude darme una vuelta entre las acogedoras sábanas de Casa Blanca para seguir con mi urgente sueño.

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Pasó un año completo de carreras, paseos y otras aventuras del MTB inicial. La fuerza y nuestra capacidad de cubrir cada vez mayores distancias se incrementó notablemente y ya era perfectamente factible cubrir en pocos días la ruta de “Los Guardianes del Agua”.  La había conocido hacía años, cuando con mi familia buscábamos un sitio ventajoso para contemplar el paso del cometa Kohoutek.  En anteriores expediciones pedestres al bosque de Zárate había visto una carretera que llegaba a los pueblos de la ladera opuesta, así que esta vez decidimos seguirla para ver adónde llevaba. No vimos el cometa pero llegamos a Tupicocha y quedé  impresionado por los paisajes de esa vecina sierra limeña y me llamó la atención la existencia de una carretera que conectaba las cuencas del Rímac y del Lurín.  La urgencia de volver a esos sitios nunca pude satisfacerla hasta que me hice ciclomontañero y ello me llevó a emprender, parcialmente, esta ruta en un par de oportunidades;  pero no fue hasta la Semana Santa del 92 cuando recién me di el tiempo y reunimos un grupo de 7 cleteros que antes del cuarto de recorrido ya se había reducido a dos: el primo Mario Pelosi y este cronista. 

Bautizada así porque sus pobladores, –cumpliendo un trabajo ancestral ampliamente documentado en la rica mitología de esta tierra- cuidan el flujo del agua de las cabeceras intermedias hacia los valles y planicies de la costa con sus reservorios, control de la erosión y, en general con sus labores agrícolas cotidianas, la ruta de “los Guardianes del Agua” usa una serie de caminos que unen un rosario de pueblos –antiguas reducciones- a casi todo lo largo de la provincia de Huarochirí, ocupando una línea más o menos paralela al mar por la cota de 3200 msnm en promedio.  Su valor escénico, étnico y ecológico es muy grande a pésar de lo cual y de su vecindad a la capital se encuentran sumergidos en el olvido.  Pero la crónica de estos lugares y  de ese camino es una historia aparte.  La cosa es que Olleros encajaba naturalmente en ese recorrido y, si lo que creía haber visto en nuestra anterior fallida aproximación al lugar era correcto, sería un broche de oro para esta ruta que estábamos abriendo para el cicloturismo y como tal decidimos incluirla en nuestro itinerario original.

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El amanecer del Domingo de Pascua nos encontró en Langa (2900 msnm) con más de 120 km. de montaña  pedaleados a nuestras espaldas.  Desde aquí, la carretera a Cieneguilla, 90 kms. en absolutamente fácil descenso, lucía incitante y tentaba a usarla para llegar tranquilamente a casa al mediodía, el almuerzo pascual en familia y todo eso.  Después de todo, pensaba, ya es una buena cosa lo que hasta aquí hemos hecho y se podía decir que nuestro objetivo de establecer una nueva ruta ya estaba alcanzado.  Le expliqué esto a Mario, mientras mirábamos la cuesta de Matarachi, que trepaba un impresionante paredón y nos separaba del techo de nuestro recorrido, a 3700 msnm, sugiriendo el retorno fácil a Lima, a lo cual él me respondió  inmejorablemente: “Si no vamos a Olleros, consideraré que no hemos hecho nada....”   Valiente hijo de un finado igualmente valiente que hoy debe estar divirtiendo a los ángeles con su ocurrente alegría inextinguible y sus eternas ganas de vivir.

Estaba decidido.  Solo tardamos hora y media en coronar y el tiempo estaba tan de nuestro lado que nos dimos el lujo de merendar y vagar por la meseta un buen par de horas.  Llegamos a Olleros al mediodía y nos fuimos al mirador de la costa para, carta en mano, decidir nuestra ruta de descenso: si la que habíamos empleado en la debacle con Roda o una de las posibles, desconocidas alternativas.  En eso estábamos cuando se nos acercó un local...con su bicicleta (no hay nada nuevo bajo el sol, pensé): un perfecto modelo “jardinero”: aro 28”, llantas slick con refuerzos de cáñamo, asiento con suspensión (no de elastómeros, ni de aire, ni aceite), frenos de varilla casi operativos y, como más valioso implemento, una parrilla que, por el peso,  podía ser de plomo.  Lamentablemente he perdido mi bitácora donde consignaba el nombre del verdadero “descubridor” de esta bajada.  Nos contó sobre su tierra, sus alrededores, su relación con las lomas de Pachacamac y las rutas para llegar a ellas y a otras lomas  hasta Mala y acerca del patético par de dementes en bicicleta que, un año antes, no habían escogido el mejor camino para bajar a la costa.  “El mejor para bicicletas es el que baja a Chamaure (o sea, el huaico de S anBartolo), explicó.
-Y tú ...¿cómo lo sabes?
-Porque lo he usado varias veces, puessss.
-Pero ¿puedes describírmelo? ¿hay muchas piedras? ¿escalones? ¿no es muy pesado?
-¿Para qué quieres saber todo eso?  Lo que importa es que es bueno pa bicicletas.
-¿Cómo lo sabes?
-¿No te digo que yo mismo lo he hecho?
-¡¡¿¿??!! (¡¿en esa bicicleta ?!)
-Pero en algunas partes hay que caminar.  Empujando, o mejor dicho jalando la bicicleta.
-¿Cuánto rato?
-Media hora a lo más.
-Y el resto...¡pudiste hacerlo montado?
-El que puede, ¡puede, puessss! (¿o dijo: el que sabe, ¡sabe, puesss! ?)

Esta respuesta es un clásico del ciclomontañismo nacional, acuñada por este padre del ciclotrekking andino. No había más que decir, nos esperaba una especie de ciclovía.  Nos despedimos y emprendimos por primera vez la ruta de descenso que ya tantas veces se ha repetido hasta convencer a sus usuarios de que hasta el momento, por sus características escénicas, de longitud, altitud, sucesión de pendientes, variedad, superficie de terreno, velocidad, nivel técnico y exigencia física, pocos se atreverán a discutir que es la mejor en el Perú.

Pero no la hicimos completa.  Algún rezago de conservadurismo mezclado con sentido común me lleva a hacer pasar –a los no iniciados- las mismas pruebas que pasamos nosotros para aproximarnos a un lugar o a una modalidad de MTB.  Creo que hay una secuencia correcta de sitios y pruebas en los q aprender y mejorar el pedaleo y, más que eventualmente, la caminata, la porteada por los cerros.  Jamás llevaría, por ejemplo,  a Chirimoyo a un neófito que no ha pasado antes por el Kamikaze, Manzano y una serie de pruebas previas que lo pongan a nivel.

Y aunque Mario no necesitaba que lo  ponga a nivel de nada, como rito iniciático y porque el bosque enano de la bajada a Huallanche era digno de volver a visitar, en el segundo corral hacia Chamaure (el Solarium) tomamos el camino a nivel que enlaza ambas bajadas.  Esta vez 100% montados, totalmente avisados y equipados, llegamos a Chilca poco después de anochecer para ver pasar el interminable desfile de veraneantes resacosos de Semana Santa de vuelta a casa.  Nunca falta un sapo que se detiene, al vernos tirando dedo, para burlarse de esos pseudociclistas que no la pueden hacer completa hasta CerroAzul ida y vuelta.

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Meses después el Flight Cycling Club llevó al primer grupo por la bajada de Huallanche y luego, con el mismo grupo, completamos Chamaure hasta San Bartolo, a cuya base habíamos llegado desde abajo algún tiempo atrás observando la admirable construcción del camino colonial.  Con estas dos expediciones comenzaron a aparecer los falsos descubridores y pioneros segundones.  Así “descubrimos” Olleros y creemos que esto es importante porque el suceso marca un hito en el ciclomontañismo nacional y hasta hoy la zona sigue marcando el estado del arte del Downhill en el Perú.

Para ver más fotos ir a: http://picasaweb.google.es/aputrails/Olleros?authkey=tbuHy-Tqo10


Características de la zona
[+ info]

 1.  Por: Manolo
Excelente crónica Yuri.GraciasSaludos, Manolo

monteropaz@hotmail.com
 2.  Por: Fernando Rubio
Excelente crónica y registro histórico para el ciclomontañismo peruano... A propósito de ella, qué interesante sería recoger a más profundidad las impresiones de esos cleteros locales que aunque por necesidad seguramente también llevan dentro un alma sensible al entorno natural y un bobo cletero! ... pudiste captar más de eso Yuri?

pinorubio@hotmail.com
 3.  Por: yuri mellet
bueno, ya había mencionado en la intro sobre los comuneros de la punas de cailloma. parece que mientras recorríamos el tramo callalli-chivay, nos estuvieron observando desde lo alto y entonces mandaron una comisión a darnos el alcance. nos rastrearon por chivay, maca, y por fin nos capturaron en achoma. nos contaron que en sus faenas ganaderas recorrían los singletracks con sus viejas bcs tipo jardinero y al notar las prestaciones de las nuestras supieron que nuevos tiempos habían llegado y que eso era lo que necesitaban. sacaron unos nutridos fajos enrollados de usados billetes de toda denominación y nos fue muy difícil negarnos a la ventajosa venta. sin embargo, le dimos nuestros datos y ahí tuve un representante de ellos una semana después de ntro regreso y se llevó media docena usaditas que conseguimos en un recorrido por algunas cachinas de la época. mientras escribo esto, acuden a la memoria más anécdotas. esperohacer una croniquilla con el enfoque que propone pino ym

aputrails@gmail.com
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