Lima-Perú  Miércoles, 20 de Agosto de 2008

ViajerosPerú
5. TRES HISTORIAS Y UNA SOLA MONTAÑA
Por: Aldo Arozena, 19 de junio de 2008

No solo hay buenas montañas, hermosas, imponentes o deslumbrantes. Hay también montañas con buenas historias. Historias de valor, de perseverancia, de huevos. Historias de finas rutas que las atraviesan por lugares insospechados, creando caminos inimaginables construidos a punta de sueños, todo con la única intención de posarse en lo más altos de ellas. El Pariacaca es, con todo derecho, una de estas montañas. Hoy les cuento, brevemente, tres de sus historias. Pero ojo, hay muchas más, pues cada ascenso, por frustrado, sencillo o trágico, es una historia llena de valor.

Leyenda de Foto: De arriba hacia abajo: 1. El Pariacaca de Carla Ramírez. 2. Los  tres primeros intentos de Ricardo Rivadeneira. El cuarto acaba en la cima. 3. La cara oeste del Pariacaca Sur de Diego Fernández y Guillermo Mejía. Imaginen una línea casi recta que lleva directo hasta la cima. Esa es la ruta.

Carla Ramírez
Conocí a Carla cerca a la navidad del año pasado. Iba con la gente del club Camycam rumbo a Collana para cubrir la realización de una chocolatada cuando la escuché nombrar al Pariacaca. Inmediatamente nos pusimos a hablar y me quedé impactado con la cantidad de experiencia de esta chica. Lo más admirable era que la había acumulado, para esa fecha, en menos de dos años, en un sprint montañero que la llevó a coronar ya el Vicos, Vallunaraju, Alcay, Urus Este, Maparaju, Rajuntay –con vivac en glaciar-, Pisco y recientemente una intentona al techo de los Alpes, el mítico Mont Blanc. Pero no el Pariacaca. El helado dios de los Yauyos le cerró sus puertas en uno de sus primeros acercamientos a la alta montaña, en una clase maestra donde aprendió de golpe que ahí, en la montaña, se aprende también a perder.

Eran las siete de la mañana de un 15 de abril del 2006 cuando Carla, entusiasmada, ponía sus pies por primera vez en un glaciar con la intención de tenerlo, en pocas horas, totalmente debajo de ella. Había viajado junto a un grupo de compañeros de Camycam para intentar la ruta normal al Pariacaca Norte, la más baja de las dos cumbres que forman este macizo –la otra es la Sur, que con 5750 metros es 20 metros más alta- y que se diferencia por tener una forma algo abombada y una pinta mucho más amigable en comparación a su filudo vecino.

Un par de días antes habían llegado a las inmediaciones de la cara oeste del nevado en cuyas cercanías armaron el campo base. Al día siguiente, y tras 4 horas de caminata que le enseñaron los horribles padecimientos del acarreo de material, llegaron al campo morrena desde donde partieron en la madrugada del 15 para iniciar el último ascenso por la morrena y entrar al glaciar. Los primeros tramos discurrieron por un plató glaciar algo fracturado pero de suave pendiente por donde progresaron con rapidez. Llegaron a la primera zona de terreno mixto –roca y hielo- que forma parte de la pared que lleva a la cumbre y lo superaron tras armar una precaria reunión en nieve fofa. En esos momentos el clima, que desde la noche anterior ya era malo, empeoró aun más llegando a tener visibilidad cero por muchos momentos. El grupo no se amilanó y continuó para adelante hasta que, llegados a una pared de cerca de 70 grados de inclinación y con una tormenta de polendas a punto de desencadenarse, decidió dividirse para que los debutantes iniciaran el regreso al campamento por obvios motivos de seguridad.

Fruto de esta obligada decisión, Carla tuvo que despedirse de su primer nevado y decirle adiós a la cumbre. No fue en vano. Como premio consuelo, se llevó a casa dos cosas: una, la experiencia imborrable del ascenso y sobretodo del duro descenso pues el intolerable clima había borrado toda huella y el grupo caminó dando palazos de ciego en medio de la nada más blanca que se habían podido imaginar. La otra fue, en sus propias palabras, “la consolidación de lo que sería un hermoso romance con la montaña”. Romance que, como hemos visto, continua firme hasta el día de hoy.

No lo dudo ni por un segundo: Carla va a volver y ese día que se cuide el Pariacaca. Esta chica ya no aguanta despechos.

Ricardo Rivadeneyra
El término perseverancia se hizo para definir a este tipo. Después de sus experiencias con el Pariacaca, Richi sí que debería haberse dado media vuelta y olvidarse de esta montaña. El Apu mayor de los Andes Centrales, ese al que los incas rindieron respeto, parecía que, sencillamente, no lo quería encima. Como un perro rascándose una pulga, el Pariacaca lo expulsó hasta en tres oportunidades. Tres retiradas que se le clavaron hasta el fondo del alma. Paradójicamente, en vez de desanimarse, se hizo más fuerte y mejor.

Sus encuentros se iniciaron el 2001. Ricardo había empezado hacer andinismo por el 98 y para el primer año del nuevo milenio ya tenía en su haber un número suficiente de experiencias en Cordillera Blanca, Volcánica  y en Ticlio. Se le ocurrió entonces que el Pariacaca -aunque estoy seguro que él preferiría hablar del Pariaqaqa, por ser la correcta trascripción fonética del quechua- era un objetivo interesante tanto en lo técnico como en lo simbólico.

Así, junto a un grupo de compañeros de la Asociación Aire Puro, hizo su arribo a la Reserva Paisajística Nor Yauyos – Cochas -dentro de la cual se enclava el macizo del Pariacaca- con la intención de ascenderlo. De ese nefasto intento, perpetrado en abril del año en cuestión mejor ni entrar en detalles. El mal clima no los dejó ir más allá del ingreso al glaciar.

En junio de ese mismo año probo de nuevo y, como él mismo define, se fue a la ‘trica’. Por segunda vez en escasos meses, Ricardo utilizó sus días libres para hacer ejercicio de frustración y aprender que la voluntad no lo es todo. “Nos faltaban algunas otras cosas. Buena aclimatación, un poco mas de físico, algo de criterio para escoger la ruta y, por que no decirlo, un poco más de suerte”. Regresaría.

Llegó el 2002 y el síndrome de abstinencia Pariacaca era ya demasiado fuerte. El sudor le corría ya por la frente cuando, como en oportunidades anteriores, llegó a la cara este del Pariacaca Norte para dejar parte del pellejo en él con tal de realizar el sueño de estar en su cima. Acompañado de su buen amigo Carlos Neyra, Ricardo se quedó esta vez a escasos doscientos metros de su objetivo. El clima, nuevamente, les jugó una mala pasada. Tras un ascenso donde puso a prueba las lecciones aprendidas en los dos primeros intentos, solo la densa neblina y su consecuente ausencia de visibilidad lo desanimó a poner toda la carne en el asador en una maniobra que podía significar la cumbre o la muerte. La incapacidad de poder distinguir el terreno por donde se debía jugar la vida para superar un pasaje bastante comprometido que lo exponía a una fatal caída de casi 800 metros, hizo que nuevamente regresara a casa con las manos vacías y los crespos hechos. Prometió en esta ocasión dejar la cosa madurar unos años antes de volver. Tal vez la sintonía entre él y la montaña no era la mejor. Tal vez la sintonía dentro de él no era la mejor. Solo el tiempo lo diría.

El 2007 fue el año elegido para el regreso. Eran los últimos días de junio. Me frustra un poco contar esto porque yo iba a estar ahí. Su cuarto intento iba a ser mi primera oportunidad. No pude ir. Una enfermedad me apartó. No se exactamente cuales son los sentimientos cuando consigues algo tan ansiado. No lo he vivido pero sí creo que, aunque el destino lo vamos construyendo nosotros mismos cada día, este no deja nunca de ser un caballo chúcaro que juega con sus propias reglas. Ese día de Julio, en lo más alto del Pariacaca Norte, Ricardo debe haber sentido que, finalmente, esta vez, la partida era suya. El destino había sido domado.

Diego Fernández y Guillermo Mejía
Esta es la madre de todas. No hay duda. Inspiró además este recuento y, probablemente, merecía dedicarle una nota exclusiva pero nunca pude concretar una cita con los autores para entrevistarlos. Y es que la vía que abrieron estos dos es digna de publicarse en cualquier parte del mundo y trascender la brevedad de una página Web. No en vano salió reseñada en el American Alpine Journal, el registro anual más prestigioso –se edita desde 1929- donde se publican las actividades más destacadas en el montañismo realizadas a lo largo del año.

Eran fines de agosto del 2005 cuando Diego y Guillermo llegaron, acompañados de Axel Loayza, hasta la base de la montaña. A diferencia de los casos antes reseñados, ellos se dirigieron a su cara suroeste, a la que se accede desde la cuenca del río Cañete después de un día de caminata y donde se remonta parte del Camino Inca que unía Pachacamac con Jauja. Su destino, también a diferencia de los demás, era un poco más ambicioso. El Pariacaca Sur, la más alta de las dos cimas, y por una ruta virgen y arriesgada: la pared suroeste, un camino vertical de 650 metros de longitud y de apariencia inexpugnable.

Tras unos días de espera por culpa del clima, el 1 de septiembre este se mostró benévolo e iniciaron el ascenso. Tras superar 100 metros de una placa de hielo de 75 grados de inclinación, se metieron en la dimensión vertical de los 550 metros de terreno helado y mixto que conforman buena parte de la pared. Con 80 grados en promedio, y tramos extraplomados de hasta 95 grados, la ruta es una continuidad de largos para todos los gustos. En su parte final es rematada con un trecho extremadamente duro y expuesto a la caída de seracs –bloques de hielo fragmentados del glaciar, que amenazan con desprenderse en cualquier momento- -, donde quedó patente la habilidad técnica de los autores. Tras un día de arduo trabajo, consiguieron salir de la pared a las 6:30 de la tarde solo para empezar a tallar una repisa donde pasaron una cruda y gélida noche a la intemperie.

Al día siguiente, con el cuerpo destrozado tras el vivac a más de 5 700 metros y con la ilusión de llegar a los rayos del sol para sacarse el frío del cuerpo, los dos andinistas completaron los últimos largos que los separaban de la cumbre. Una vez arriba de todo, inician el descenso a golpe del mediodía, por la ruta normal, no exenta de peligros pero definitivamente una merienda comparada con lo que acababan de dejar atrás. A las 7 de la noche llegan al campamento base tras 40 horas metidos en las entrañas mismas de Pariacaca. Se encuentran ahí con Axel quien el día anterior había realizado un ascenso en solitario que es, en si misma, una historia aparte que espero relatar en una próxima entrega. Llegaron, comieron y durmieron, agotados después de dar lo mejor de ellos a la montaña.

Habían completado ‘Perú 6 Mil’ nombre como bautizaron a la ruta más exigente y técnica de cuantas atraviesan el Pariacaca. Más que una falta de respeto, un homenaje a esta hermosa montaña y un faro hacia donde deberían dirigirse posteriores aperturas realizadas por peruanos en nuestra propia tierra. Recuerdo mucho que cuando me daba mi curso básico de escalada en hielo, Coqui Gálvez, tremendo escalador y a la postre triunfador en el Shisha Pangma junto con Richard Hidalgo en la Expedición Perú 8 Mil, me dijo que él no se podía definir así mismo como andinista. “Me faltan muchas cosas por hacer. Abrir rutas, escalar mejor, comprometerme más. No te puedes ganar tan fácilmente el derecho a decirte a ti mismo andinista.” Ya en esas épocas Coqui tenía en la mochila muchas rutas y montañas acumuladas y destacaba de sobremanera en el pequeño panorama nacional. Sin embargo, tal vez sabiendo que la humildad es un buen camino para sobrevivir, se sentía siempre como si estuviera empezando. Diego Fernández y Guillermo Mejía, no lo dudo, son andinistas. ‘Perú 6 Mil’, ese camino imposible  por la pared suroeste del Pariacaca, es solo una prueba más.

Final
¿Y yo? Leo todo esto que acabo de escribir y, no lo voy anegar, la envidia me corroe. Me alegro por por todos y los admiro pero no por eso me siento mejor. La envidia me carcome, me destroza, me frustra. Y sobretodo me hace pensar. ¿Cuándo va a ser mi turno? ¿A qué aspiro en esta montaña? ¿Estaré a su altura? ¿Tendré la nobleza de Carla, la persistencia de Ricardo o la capacidad y el valor de Diego y Guillermo? No lo se. Solo se que espero que sea pronto. Hace poco mi esposa dio señales de estar embarazada. Lo primero que le dije fue “Fiore, antes subo el Pariacaca y de ahí me olvidó de todo por un tiempo. Lo prometo. Normal, ¿no?” Creo que ya estoy un poco mal.

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Comentario (*)
 1.  Por: Arturo
Resumen vibrante, cargado de emociones díficiles de transcribir pero como el mismo Andinismo no es la cumbre lo que nos hace vivir sino cada paso de la travesía. Pregunta: ¿Donde da clases Coqui Galvez o como lo ubico ? gracias

arturo.matos@gmail.com
 2.  Por: Angélica Aranguren Paz
Saludos a todos, cariños a Axel, te cargué de pequeño en la tierra de tu padre el gran guitarrista "Pele", y , me da alegría encontrarte en una crónica de honor y homenaje a nuestros dioses andinos. Felicidades para todos y cuídense mucho para que siguan coronando a los Apu . Nuestros dioses, espíritus de las montañas nevadas del Perú.

nazca_aranguren@hotmail.com
 3.  Por: Angélica Vega
Felicitaciones Aldito, gran artículo.

angelica_vega@hotmail.com
 4.  Por: roulette
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