Lima-Perú  Miércoles, 20 de Agosto de 2008

ViajerosPerú
Las misteriosas collpas de mamíferos
Por: Álvaro del Campo, 16 de julio de 2008

En la última entrega de Hábitat, escribí acerca de la famosa collpa de guacamayos del río Tambopata. Como mencioné al final del artículo no sólo los loros y guacamayos comen arcilla, ya que una gran variedad de fauna frecuenta las collpas. "Ccollpa" es una palabra quechua que significa arcilla. La collpa es rica en sales y minerales que complementan la dieta de muchas aves (especialmente loros y guacamayos) y también de muchas especies de mamíferos. Se dice que las sales de la collpa ayudan también a contrarrestar ciertas sustancias tóxicas que contienen algunos frutos inmaduros que consumen aves y mamíferos, algo así como un antiácido natural. Precisamente en este artículo nos referiremos a las enigmáticas collpas de mamíferos.

Cuando regresaba al Tambopata Research Center (TRC) a trabajar con el Proyecto de Guacamayos, allá a principios de los noventa, le pregunté en una ocasión a mi amigo Eseeja Agustín Mishaja (el mismo del documental “Candamo”) cuánto faltaba para llegar (en ese entonces me era difícil recordar los numerosos meandros del río). Recibí un lacónico y despreocupado "Unas vueltas más" como respuesta. Cada "vuelta" demora a veces más de media hora, por lo cual me acomodé en el duro y remojado asiento de la canoa para seguir admirando el paisaje.

Mientras disfrutaba de la tibia y húmeda brisa amazónica, observaba la inconfundible silueta de una pareja de guacamayos que pasaba volando, cuando de pronto Agustín me dijo casi sin inmutarse: "Mira la maquisapa collpeando, ya estamos cerquita". En efecto, aproximadamente a una hora de TRC se encuentra una pequeña collpa de monos maquisapa (Ateles paniscus). Di un sobresalto en el asiento sin salir de mi sorpresa y dirigí mis binoculares hacia la pared colorada donde había cinco maquisapas comiendo arcilla. Agustín, hábil motorista y conocedor de esas remotas selvas, bajó la velocidad del motor, lo que hizo que los cautelosos monos subieran con más curiosidad que susto a las copas de los árboles encima del acantilado. Me puse a pensar en lo indispensable que es la arcilla para la subsistencia de tantas especies. Unos años más tarde, decidimos hacer una expedición en búsqueda de algunas collpas de mamíferos que Agustín conocía.

Acampando en el paraíso
Empacamos las carpas, mosquiteros y todos los fideos y latas de atún que pudimos, y zarpamos río arriba el Tambopata con rumbo sur. Ya que íbamos en peque-peque—una motobomba de 16 caballos de fuerza adaptada para la navegación de los ríos “panditos” (bajos) con una larga cola-timón y una pequeña hélice—avanzábamos con lentitud. Luego de unas cuantas horas "cocinándonos" con el intenso sol de la selva, sobreparamos el bote al ver las ramas de los árboles sacudiéndose. Una numerosa tropa de monos frailecillos (Saimiri sciureus) saltaba de rama en rama siguiendo un grupo menor de machines negros (Cebus apella). Los monos machines, de mayor tamaño, tienen la mandíbula más grande y fuerte, y son capaces de abrir frutos y cogollos a veces de gran dureza. Los frailecillos, también conocidos en la selva sur como "wasitas", van comiendo las sobras que los machines van dejando a su paso. Es por este motivo que se puede ver a menudo a ambas especies de monos viajando juntas. Se trata de una simbiosis ya que los machines se benefician al contar con más ojos que puedan percatarse de la peligrosa presencia de posibles depredadores como el Águila Harpia (Harpia harpyja). Encuentros de vida silvestre tan espectaculares como éste son muy comunes en la zona del alto Tambopata.

De rato en rato podíamos ver a los caimanes "soleándose" en las orillas al igual que algunas taricayas, tortugas de río de la especie Podocnemis unifilis que se las ve a menudo tomando sol encima de troncos caídos que sobresalen del agua. Agustín, al mando del peque-peque, mantenía en todo momento la misma expresión en su rostro, mientras que Sixto, también poblador de la comunidad Eseeja de Infierno, se esforzaba por enseñarme las aves que veíamos en el camino. A cada momento me pedía mi guía de aves y sin dejar de reírse decía: "Tu libro no vale, el páharo esta mal, su ala no es tan roho." Sin ánimo de discutir, observaba como nos aproximábamos a la boca de la quebrada que Agustín había elegido para buscar las collpas. El cielo ya comenzaba a teñirse de naranja antes de la puesta del sol, y luego de asegurar bien el bote, Agustín sacó su arco y flecha y dijo: "Aburre el atún, yo me voy a pescar". Consideramos ese comentario como que ya no caminaríamos ese día y no se oyeron protestas.

Duelo de pescadores
Me senté en las piedras de la orilla a observar a mi nativo amigo que iba descalzo pisando roca por roca con sigiloso paso felino buscando peces boquichicos. A lo lejos, en la quebrada, podía divisar el perfil inconfundible de un Martín Pescador Amazónico (Chloroceryle amazona) perchado en una rama, esperando el momento preciso para capturar a su presa. Me preguntaba quién pescaría primero si el ave o el hombre. Agustín se quedó estático por unos segundos, tensó al máximo la soguilla del arco detalladamente confeccionado con la dura y a la vez flexible chonta de una palmera, y con precisión impresionante disparó la flecha. Luego del exitoso intento corrió por el agua—ya sin tanto paso felino—en busca de su exquisita presa insertada por la saeta. Cuando levanté la mirada, el martín pescador ya no estaba.

Al rato llegó Sixto con un sábalo de unos tres kilos que había pescado con cordel, usando como "empate" (carnada) la carne de una piraña que había sacado previamente con un cordel más chico. Ambos cortaron unas cuantas hojas de bijao (Calathea sp.) para envolver el pescado antes de acomodarlo en la fogata. "¿Te gusta la patarashca?", me preguntó Sixto mientras yo asentía y me deleitaba con el sabroso pescado, y a la vez batallaba con la innumerable cantidad de espinas. Es increíble la destreza con la que la gente local come boquichico, por un lado de la boca va entrando el pescado y por el otro salen con facilidad las espinas. "La próxima vez vamos a preparar con bambú", agregó Sixto.

La noche cayó y milagrosamente no había mosquitos, por lo cual podíamos descansar apaciblemente encima de las piedras al lado del río. La oscuridad era armonizada por las curiosas vocalizaciones de algunas lechuzas (Otus watsonii y O. choliba) que se escuchaban a lo lejos, y de vez en cuando interrumpida por los extraños ruidos producidos por los duetos de ratas del bambú (Dactylomys dactylinus). Finalmente caímos rendidos arrullados por el canto de las ranas y de los miles de grillos y saltamontes. A la mañana siguiente, luego de terminar con los restos del pescado de la noche anterior, empezamos a caminar por la quebrada. Luego de varias horas de caminata ya habíamos avistado un par de ronsocos (Hydrochaeris hydrochaeris), una pequeña nutria de río (Lontra longicaudis), varios monos tocones (Callicebus moloch) y pichicos (Saguinus fuscicollis), e incontables especies de aves, destacando los martines pescadores, anhingas (Anhinga anhinga), cormoranes (Phalacrocorax brasilianus), garzas, y por supuesto loros y guacamayos.

Arcilla vital
Agustín se acercó a una pequeña pared de color rojo-plomizo, un poco cubierta por la vegetación, y me dijo tranquilamente: "Mira". Cuando me acerqué un poco me advirtió: "No vas a tocar el barro, vas a dejar todo tu olor y ya no va a venir animales". Le hice caso una vez más al sabio Agustín, y con el agua hasta las rodillas me puse a analizar las huellas alrededor de la collpita. Había huellas de sajino (Tayassu pecari) y venado (ambos ungulados), y también de picuro (Agouti paca), un roedor de gran tamaño. Pusimos las carpas y mosquiteros al frente, a una distancia prudente, y los camuflamos con ramas y hojas. Sixto advirtió: "No podemos hacer fogata esta noche, va a espantar al picuro, vas a tener que abrir tu atún nomás". Luego del delicioso festín de la noche anterior tuvimos que contentarnos con un atún “grated” expirado, en aceite vegetal y sal.  Como a la una de la mañana llegó nuestro primer invitado, un hermoso venado colorado (Mazama americana) que, pese a la linterna que lo alumbraba, comió su arcilla tranquilamente. A las dos y media me despertó Agustín para mostrarme un picuro collpeando. Ningún otro animal llegó esa noche. 

Todo el día siguiente lo pasamos admirando la naturaleza y disfrutando ese paradisíaco lugar. En la noche observamos una enorme sachavaca (Tapirus terrestris), el mamífero terrestre más grande de la selva. La sachavaca tampoco se inmutó con la luz de la linterna y sumergía de cuando en cuando su larga "trompa" en el barro mojado para consumir grandes bocados. Al rato apareció un sigiloso ronsoco, el roedor más grande del planeta, que aunque pasó cerca no paró a collpear; y como a las cuatro de la mañana nos despertaron dos ruidosas ratas de bambú comiendo arcilla. La última noche vimos nuevamente al venado y a un par de sajinos.

En el medio de la noche cuando me disponía a ir al baño escuché un ruido en el agua (probablemente un caimán de quebrada que saltó al agua asustado al sentirme pasar) que por un instante me hizo desviar la luz de mi linterna. Al segundo, como por instinto, alumbré al frente mío donde una serpiente jergón (Bothrops atrox) aguardaba en posición de ataque. No sé que fue más rápido, si el salto hacia atrás que pegué o los latidos de mi corazón. El ruido que hice despertó a Agustín, quien como adivinando lo sucedido me dijo: "Cuidao no te vaya picar el jergón" mientras que yo seguía sin salir del susto. Al día siguiente regresamos al bote con una torrencial lluvia preguntándonos cuándo iba a ser la siguiente vez en que humanos fueran a regresar a ese lugar tan prístino. La cortina de agua sólo nos permitió ver al regreso a una familia de Gansos del Orinoco (Neochen jubata) en una de las orillas del río, así como a unos cuantos gallinazos remojados. Ya de bajada a Puerto Maldonado pudimos ver a dos cotomonos (Alouatta seniculus) comiendo en una pequeña collpa al lado del río, evento que sorprendió al propio Agustín.

Destino incierto
Existen muy pocos estudios sobre las collpas de mamíferos, por lo que sería ideal promover la investigación científica en estos recónditos rincones de la Amazonía, siempre con mucho cuidado para no perturbarlos y sobretodo con la importantísima participación de la población local. Fue sólo gracias al conocimiento ancestral de nuestros amigos Eseeja, que pudimos en apenas cuatro días observar más fauna de lo que se puede ver a veces en semanas o inclusive meses.

Durante las últimas décadas la presencia del ser humano ha ocasionado que sea muy difícil observar lugares con fauna saludable. En muchos sitios en la selva con suerte uno puede apenas observar uno que otro pichico, así que la experiencia descrita líneas arriba representa de veras un privilegio. Nuestra especie ha intervenido enormemente y de manera poco sostenible los ecosistemas naturales, lo que está diezmando rápida y peligrosamente los recursos naturales. La codicia por la explotación a gran escala de los bosques tropicales—en especial por hidrocarburos—impera por todo el planeta. Las selvas del Tambopata y el Candamo no están libres de presiones externas. Por eso es crítico crear conciencia global para conservar los últimos refugios de vida silvestre que le quedan a nuestra vieja Tierra. Desde aquí ponemos nuestro granito de arena.


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Comentario (*)
 1.  Por: Gonzalo Tello
Te felicito Alvaro pues se ve que amas la selva.Sería bueno que propongas al IIAP para hacer un estudio de las colpas de la Amazonia peruana. Creo que es un interesante tema de investigación.saludGonzalo

gonzalo_tello@yahoo.com
 2.  Por: Mónica Alzamora
De verás, es super emocionante lo que nos cuentas, ojalá muchos más tuvieramos el privilegio que haz tenido, felicidades y espero sigas con esto...Saludos Mónica

monica_alzamora@yahoo.com
 3.  Por: Oscar Vilca
El Paraíso esta en Tambopata, uno puede oler, sentir la humedad de la selva..., con tus relatos, ¡FELICITACIONES!

contact@oscarvilca.com
 4.  Por: Lucho Castañeda S.
Gracias a Alvaro nos hemos trasladado a la amazonia y por un momento me parecio estar a su lado en el bote, saboreando la patarashca, avistando aves y aguardando escondido en la oscuridad de la noche para ver a los mamiferos en esas collpás, muy interesante la importancia de las comunidades nativas en que ayuden a preservar estos habitats.En el Alto Mayo, en los aguajales-renacales del Rio Avisado, existe una gran variedad de flora y fauna que apreciar y conservar, esperemos que en forma conjunta autoridades y comunidades locales asuman esa responsabilidad, luego de haber recibido el apoyo de instituciones como la GTZ, PEAM, Caritas Moyobamba en una primera instancia.

castanedaluis1@yahoo.es
 5.  Por: Jomber Chota Inuma
Alvaro, a nombre del Instituto del Bien Comun - IBC va nuestros votos de felicitaciones por el gran trabajo que vienes realizando sobre las "Cillpas". Sabemos que estos lugares son tan especiales y como tal sirven como indicadores para nuestra fauna silvestre. Con un estudio mas a profundidad podemos saber la diversidad de estos mamiferos y aves que frecuentan en estos lugares. Con el crescimiento de la poblacion humana estos lugares cada vez se esta perdiendo y por ende nuestra fauna, hasta hoy no existe un estudio sobre las causas de los impactos que llevan al desaparecimiento de estos lugares.Desde ya estoy listo para colaborar con su trabajo, toda vez que estamos trabajando en bien de la preservacion.

jomber1@yahoo.com.br
 6.  Por: Cristina Del Campo
Alvaro, felicitaciones por este artículo!! Realmente sentí que estaba en Tambopata viendo todo lo que viviste. No sabía que mamíferos también se alimentaban de la Collpa, pensé que solo aves. Voy a leer tus otros artículos en ya!

cristina.dcl@gmail.com
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