Mirando a través de la ventana de un bus rumbo al sur, en plena Panamericana, veo un desierto que se extiende por kilómetros entre Ica y Nasca. Nada de él llama mi atención. Para viajeros del Gringo Trail o Camino del Gringo –llamado así en las guías norteamericanas-, la extensión arenosa parece tan poco llamativa como otros desiertos, al igual que sus casas de adobe. Pero esta percepción cambia cuando uno se encuentra a cientos de metros del suelo en un avión Cessna sobrevolando el desierto de Ica, en el que el suelo arenoso revela uno de los misterios más grandes del mundo: las increíbles Líneas de Nasca.
El llamado Gringo Trail al sur de Lima es una cadena de atracciones turísticas para mochileros que incluye las Islas Ballestas, las bodegas de Ica, las dunas de arena de la Huacachina y las Líneas de Nasca. La música rock europea llena los bares de los hoteles. La mayoría de los mochileros extranjeros pasan las noches en Huacachina, y los peruanos de aquí, no son turistas sino forman parte de la industria del turismo.
Salí de Lima con mi amigo Todd, "el profe", directo a Nasca para averiguar qué es lo que atrae a tantos extranjeros e intentar verla con nuevos ojos. Habíamos planificado que este viaje sería la primera parte de un tour por el continente. Como maestro en un colegio de la ciudad de Boston en los EEUU, “el profe” tenía todo el verano norteamericano de vacaciones (de junio a agosto), y entonces me llamó para sugerirme vagar por el continente entero. Yo estaba atado a Lima trabajando para una agencia de noticias estadounidense desde enero y tenía ganas de huir de la gris Lima, del invierno y tirarme al camino abierto. Acepté y nos pusimos de acuerdo en viajar por Perú, Bolivia, Brasil y Argentina, país donde estudiamos y deambulamos hace ya algunos años.
Queríamos empaparnos de la cultura local y experimentar lo mejor de la costa sureña en la ruta a Nasca. Siempre he encontrado que mis experiencias gratificantes han ocurrido en el camino a las atracciones turísticas. Pero el estado devastado de Pisco e Ica cambió nuestros planes. Encontramos un Pisco convertido en un laberinto de carpas y chozas a medio construir, con el olor fuerte de basura y desagüe en el aire. Después de un tour rápido por las Islas Ballestas, huimos por la Panamericana en un bus directo a Ica, donde encontramos bodegas como Vista Alegre, que está siendo reconstruida a causa de los daños causados por el terremoto.
Nunca podré probar vino y pisco en los alrededores de Ica sin pensar en nuestro chofer del tour, quien perdió su casa por el terremoto. Vive en una carpa desde agosto del 2007 porque el gobierno, después de casi un año de ocurrido el sismo, aún no ha terminado de reconstruir las viviendas de los damnificados. Curiosamente cada día él pasa por un muro pintado con el lema “Gracias a Alan, el Perú Avanza”. (¿?)
Su caso me hizo recordar al de los residentes de Nueva Orleans, en mi país, quienes todavía viven en casas temporarias desde la aparición del Huracán Katrina el 2005, todos ellos sin poder regresar a sus casas propias, aunque nuestro gobierno -el más poderoso del mundo- dice que está haciendo todo lo que puede dentro de su capacidad para reconstruir la región. En los Estados Unidos, como en el Perú, es más fácil hacer propaganda del Estado que servir a la gente.
Me hizo recordar que el viajar, particularmente en el exterior, es un privilegio. Para mí, el viajar es irse a algún lado o explorar algo que altera tu perspectiva del mundo. Mientras la revolución de las telecomunicaciones y del transporte masivo nos hace el mundo más pequeño e interconectado, es fácil ignorar todo lo no familiar o incómodo hasta cuando estás viajando. Y, después de viajar bastante, las guaridas de los mochileros como Huacachina, donde abundan los bares junto a la piscina, el olor a marihuana y los peinados rastas, empiezan a parecer lo mismo.
Pasamos dos noches en Huacachina, y aunque no experimentamos la cultura local, regresaría para surfear en la arena. En casa solía practicar el snowboard (surf de nieve), pero cuando corrí en una tabla sobre la arena me pareció tan extraño como respirar debajo del agua. Surfear en la arena fue más lento que sobre la nieve, pero las dunas pintorescas fueron más que suficiente para lograr el mismo placer. Y el viaje en buggy (4x4), arriba y abajo sobre las dunas, fue mejor que una montaña rusa...
Terminamos el viaje en Nasca, donde por el azar, gracias a un documental que vimos antes de subir a la avioneta para sobrevolar las líneas, descubrí que en California existen antiguos geoglifos de indígenas norteamericanos. La pregunta de por qué nunca me había enterado de los geoglifos californianos antes me llevó a preguntarme por qué la historia antigua e indígena de mi país no tiene el valor cultural que tienen las culturas en el Perú. Al fin y al cabo me maravillé por cómo el viajar puede darle a uno una nueva perspectiva sobre su propio país.