Un inmenso silencio siguió al estridente sonido de la motosierra, que por largos minutos devoró las entrañas de la lupuna, el árbol de los árboles amazónicos; parecía inmutable, a pesar del inmenso corte hecho por los dientes de acero en su base. Hasta el omnipresente coro de las chicharras y ranas pareció callarse por un momento, expectante, mientras el motosierrista se bajaba de la barbacoa y se alejaba a una prudente distancia. Luego, un crujido creciente salido de sus entrañas, como un estertor agónico, indicó lo inevitable: el venerable gigante comenzó a inclinarse, al tiempo que el crujido se convertía en un rugido, y luego en el inmenso estrépito de toneladas de ramas y hojas golpeando y rompiéndose contra el suelo. Luego de nuevo el silencio, sólo roto por el grito lejano del tatatao, protestando quizás por la invasión de su territorio.
Para mí, ver desplomarse uno de esos gigantes abatido por la motosierra fue como sentir, no sólo la muerte de un árbol que simboliza la vida para los indígenas amazónicos, sino la agonía de la Amazonía, de la esencia misma de la vida. No puedo dejar de pensar que con cada lupuna derribada muere algo de nosotros mismos.
Si hay un árbol que personifica la Amazonía en su máximo esplendor y magnificencia es la lupuna o ceiba (Chorisia integrifolia). Nunca podré olvidar las sensaciones que me produjo el gigante de gigantes que observé una vez en la Quebrada Plantanoyacu, alto río Corrientes, cuyo tronco y copa se erguían como una mole en medio de las purmas y chacras de la comunidad. Las cenizas volcánicas de los suelos de la zona le habían permitido crecer hasta un tamaño colosal. Los Achuar habían respetado este árbol, el más grande con diferencia que yo haya visto, porque lo consideraban sagrado. Espero que siga en pie, porque en estos últimos 15 años ver una lupuna adulta en Loreto es casi un milagro.
Pararse debajo de uno de estos reyes del bosque sin duda sobrecoge: esas gigantescas aletas, que para los amazónicos son la casa y tambor del diablillo del bosque, el Shapishico; esos brazos enormes, cada uno por sí solo del porte de un árbol centenario; ese tronco que no abarcan ni los brazos de cinco hombres… Uno siente en este árbol el poder, la energía, la magia y el vigor de la selva más extensa e inexplorada del mundo, concentrados en un solo árbol; uno percibe bajo su sombra el misterio y la leyenda de una Amazonía milenaria y todavía misteriosa, atávica, indomada…
Más que un árbol
La lupuna es uno de los árboles emblemáticos de la Amazonía, no sólo por su inmenso tamaño, sino por su significado para los pueblos indígenas, ya que la consideran sagrada. Menudean las leyendas y mitos sobre la Madre de la lupuna, como uno de los espíritus más poderosos de la selva, al que acuden algunos shamanes en busca de la iluminación. Para los indígenas, todos los árboles amazónicos tienen “madre”, como la tienen otros seres, así como los ríos y lagos de la selva, pero la de la lupuna es LA MADRE DEL BOSQUE, por antonomasia.
Gran parte de los habitantes de las ciudades amazónicas peruanas, sin embargo, nunca han visto probablemente una lupuna adulta erguida en el bosque. Con seguridad, la mayoría de los Iquiteños o Pucallpinos, para los que lupuna es sinónimo de planchas de triplay para las divisiones o el cielo raso de su casa, o a lo mucho, unos troncos gigantes pasando por la calle en un camión… Este venerable gigante ha sido explotado en las últimas décadas casi hasta el exterminio, una historia desgraciadamente repetida muchas veces, con un recurso tras otro, en el último siglo en la Amazonía.
La descendiente curva de la extracción de la lupuna es similar a la de tantos otros recursos sobre explotados por la irracionalidad y ambición sin límite del ser autodenominado Homo sapiens: primero fueron el aceite de huevo de charapa, el caucho, el palo de rosa, la piassaba y las pieles de animales, más recientemente la caoba, el cedro, el paiche, la gamitana, el dorado…Y lo triste es que sus centenarios troncos son talados para elaborar un producto de tercera categoría, el humilde y descartable triplay o contrachapado, que se vende a 15 soles unidad. Tanta vida y tanta energía para acabar de esa forma…Si de verdad la lupuna tiene Madre, a estas alturas debe estar muy, muy triste, de luto, por la triste suerte que están corriendo sus hijos. No por casualidad algunos indígenas atribuyen la creciente escasez de animales en el monte a la venganza de la lupuna.
Tras las últimas lupunas
Hace apenas unas semanas, los guardaparques de la Reserva Nacional Pacaya – Samiria (RNPS) intervinieron en el río Pacaya a unos madereros ilegales y decomisaron una balsa de más de 100 trozas, la mayoría de ellas lupunas. Parecería una noticia intranscendente, a sabiendas de que la casi totalidad de la madera que se procesa en Loreto es de procedencia ilegal. Lo alarmante de la noticia es la especie involucrada. Antes los madereros entraban a la RNPS solo por caoba, hasta que virtualmente la acabaron. Luego continuaron con el cedro, y algunas otras maderas finas.
En los últimos tiempos estuvieron extrayendo cualquier especie de árbol que pide el mercado, y ahora están acabando con las últimas poblaciones de lupuna de Loreto, concentradas en esta reserva. Según expertos forestales, la lupuna ya ha sido virtualmente extirpada de bosques inundables de las orillas de los grandes ríos, luego de más de 40 años de extracción masiva y sin ningún tipo de manejo. Son muy pocas las concesiones forestales que en cuyos inventarios aparecen algunas lupunas solitarias…La lupuna fue un árbol relativamente abundante en las tahuampas o várzeas, incluyendo en restingas bajas, y en los márgenes de quebradas, pero es muy escaso en bosques de altura, donde se localizan las concesiones forestales (solamente se encuentra en bajos números en algunas en zonas con suelos relativamente fértiles, como los de la formación geológica “Pebas”).
En los últimos años he tenido la oportunidad de viajar por el Amazonas hasta la frontera con Brasil, por el Marañón hasta la frontera con la Región Amazonas, por el bajo Ucayali, el Napo y otros ríos de segundo orden, y aparte de algunos escasos individuos juveniles o dañados (con tronco hueco o muy torcido) ya no se ve por ningún lado la majestuosa silueta del rey de los árboles amazónicos. Solamente he observado algunas lupunas a las riberas del río en el Putumayo, donde no hay triplayeras (ver foto), y en el alto río Napo, donde la poderosa organización indígena Kichwa ORKIWAN ha puesto un pare a la voracidad de los madereros ilegales.
Aparte de las estadísticas de lupunas procesadas, un indicador de la sobre explotación de este noble árbol es el tamaño de los troncos en los aserraderos, cada vez más pequeños (ver foto): hoy están talando también árboles juveniles. ¿Es racional que se siga permitiendo la tala de los últimos ejemplares de una especie en tan significativo declive? La industria del triplay de lupuna en Loreto es presentada habitualmente en publicaciones internacionales como un ejemplo típico de una industria destructiva, insostenible y efímera.
Salvarla antes que sea tarde
La tala indiscriminada de lupuna tiene consecuencias ambientales serias: según se sabe, la gigantesca copa de uno sólo de estos árboles contribuye con la liberación a la atmósfera de unos 100 litros de agua al día, a través del mecanismo de la evapotranspiración. También es un árbol clave para la reproducción de algunas aves, como el águila harpía (Harpia harpyja), el cóndor de la selva (Sarcoramphus papa), el tuyuyo (Jabiru mycteria) y el manshaco (Mycteria americana). Estas dos últimas especies están seriamente amenazadas en Perú, y las últimas poblaciones se refugian en la RNPS. Si acaban con las lupunas de esta reserva, el escenario para estas aves es muy sombrío, y habremos perdido otro de los símbolos de nuestra selva.
La lupuna, al igual que muchas otras especies amazónicas explotadas sin control en el último siglo, se puede considerar en la actualidad como “ecológica y económicamente extinta”. Esto quiere decir que aunque queden algunos individuos dispersos por ciertas zonas inaccesibles, sus poblaciones han sido diezmadas en tal medida que se han reducido al mínimo las funciones ecológicas, y los servicios y beneficios económicos que prestaban a los humanos. Hace 20 años había cinco triplayeras en Iquitos, que procesaban durante todo el año miles de troncos de lupuna, una de las especies dominantes en la industria forestal loretana; hoy sólo quedan dos, que trabajan a menos de la mitad de la capacidad instalada por la escasez de materia prima, aunque están procesando otras especies, como el capinurí. La lupuna hoy representa una fracción mínima de la madera procesada en Loreto. En pocos años habrá desaparecido de las estadísticas.
Esperemos que las nuevas autoridades forestales (de la Dirección General Forestal y de Fauna Silvestre) hagan una evaluación del estatus poblacional de la lupuna, y de acuerdo con los resultados, estudien la posibilidad de restringir eventualmente su tala, considerando el real peligro de que sea extirpada totalmente de la Amazonía norperuana. Además, según fuentes de la Administración Técnica Forestal y de Fauna de Iquitos, la mayoría de las concesiones forestales, con POA reales (con inventarios reales, no “inventorios”), tienen muy pocas lupunas registradas. ¿De dónde salen entonces las lupunas que se procesaron en años recientes en Iquitos y Pucallpa? Ya se pueden imaginar. La mayor parte fueron taladas ilegalmente, de áreas de tahuampa fuera de las concesiones, incluyendo dentro de la RNPS.
Estamos a tiempo de salvarla. La pérdida de este árbol no es sólo una pérdida económica para la región: la lupuna es un árbol sagrado para la mayoría de las culturas indígenas, está presente en multitud de mitos y leyendas, y es el árbol turístico por excelencia; un paisaje amazónico sin la lupuna en el horizonte no es un paisaje amazónico, y su pérdida sería irreparable, para el paisaje, para el ecosistema y para la cultura amazónica…