Me pregunto, tímidamente: ¿es una catástrofe la creciente de los ríos en Loreto, o en la selva baja en general? ¿Es algo negativo que un río amazónico “se desborde”? Bueno, para empezar, esa expresión “desbordar” no es amazónica, porque aquí el hecho de que un río como el Nanay o Amazonas inunde sus tahuampas respectivas es tan natural como que llueva. Pero para algunos funcionarios nacidos y crecidos en el desierto costero donde llueve, y poco, solo durante los años del Fenómeno de El Niño, y acostumbrados a ríos como el Rímac Hablador, el hecho de que un río se salga de su cauce suena definitivamente a catástrofe. Y en la costa sí lo es, porque no es habitual, y porque la gente no está adaptada a esos desbordes, que suelen ser catastróficos en términos de destrucción de viviendas, cultivos, carreteras, etc.
Pero estamos hablando de una realidad muy diferente, ecológica y socialmente. En la Amazonía los cauces de los ríos son extendidos: la llanura de inundación, “tahuampa” para los loretanos, es el cauce natural del río durante la creciente, y toda la naturaleza (flora y fauna) y la población humana que vive en las riberas se han adaptado desde hace miles de años a este fenómeno natural.
Claro que hay crecientes y crecientes. La creciente normal suele inundar lo que la gente llama bajiales y restingas bajas y medias, y por supuesto islas, playas y barriales. La creciente excepcional, que puede llegar a provocar ciertamente mucho daño (y podría, en justicia, ser calificada de catástrofe) es la que inunda también las restingas altas y destruye hasta los sembríos de reserva de los ribereños, además de obligarles a poner tabladillo tras tabladillo en sus casas, a medida que sube el agua y cubre el emponado.
La real catástrofe es la falta de creciente
En Loreto, me permito modestamente opinar luego de viajar por dos décadas y media a lo largo de decenas de ríos en creciente y vaciante, y de leer un rato sobre el ecosistema amazónico, las crecientes normales no solo no son una catástrofe, sino que son sumamente beneficiosas. Más bien, la catástrofe se produciría si no existiesen crecientes e inundaciones por varios años. Como ocurría en el Egipto de los faraones, por cierto, ya que los limos dejados por las aguas el Nilo eran los que fertilizaban las tierras y permitían unas cosechas extraordinarias de trigo, motor del extraordinario desarrollo social y cultural de la civilización egipcia; cuando no había inundaciones se producían hambrunas, como la que describe la Biblia en la historia de José.
Si no hubiese creciente e inundación de las tahuampas en nuestra región, los campesinos que cultivan en las riberas de los ríos de agua blanca (Marañón, Ucayali, Amazonas, Napo, principalmente, de donde provienen la mayor parte de los alimentos que consume Iquitos) estarían en graves problemas. ¿Por qué? Pues porque con la creciente surgen nuevas playas para la siembra de arroz, chiclayo, maní, frijol, sandía y otros cultivos ‘veraniegos’, y con la creciente se renueva el suelo de las restingas bajas y medias con sedimentos ricos en nutrientes, provenientes de los Andes, restingas donde se cultiva la mayor parte del maíz, el plátano, la yuca, el camu camu y otros alimentos básicos que consume Iquitos. La creciente también controla las plagas en las chacras, mata buena parte de las malas hierbas, y disminuye la cantidad de insectos herbívoros y roedores que malogran las cosechas. Sin crecientes, la producción agrícola de los suelos aluviales, que representa la mayor parte de la producción de Loreto, probablemente colapsaría. Y no olvidemos que con la creciente también los ribereños sacan su maderita al río grande para conseguir algunos chivilines para comprar sus necesidades. Cuando no hay creciente, miles de trozas se pudren en el monte, porque la mayoría de la madera sigue saliendo -en Loreto, y también en partes de Ucayali- por caños y quebradas con el agua alta.
Hace unos años escuché en el consejo Superior del IIAP una muy sabia intervención de un indígena Kukamilla del bajo Huallaga, algo más o menos así: “Este año, señores, ha ocurrido una catástrofe”. Todos le miraron asombrados. Continuó el indígena: “Este año no llegó la creciente en noviembre, como debería, y por eso no habrá mucho pescado y los indígenas pasarán hambre. Los peces se cansaron de esperar al agua con su barriga llena de nuevo, y el agua no llegó; han botado su huevo con el río bajo, y habrá escasez de pescado”. La sabiduría indígena, acumulada a lo largo de miles de años de supervivencia en el ecosistema amazónico, puede interpretar las señales de la naturaleza mejor que muchos burócratas con lustrosos títulos y diplomas.
El pulso del agua, como le llaman los expertos, la alternancia de crecientes y vaciantes, es el que rige los ciclos vitales de las especies adaptadas a los ecosistemas inundables y a los cuerpos de agua amazónicos, y los procesos ecológicos que son esenciales para el mantenimiento de la biodiversidad y la productividad de estos ecosistemas. Si no hubiese creciente, los bosques inundables estarían en serios problemas, porque el crecimiento de los ríos es el mecanismo que dispara la fiebre reproductiva de plantas y animales: la mayoría de las plantas producen sus frutos en creciente, para que la corriente de agua, junto con los peces, quelonios acuáticos y otros animales los dispersen; y la inundación provee a la vegetación de las tahuampas, y a las aguas de las cochas de ríos de agua blanca –que son las más productivas en términos pesqueros- de nutrientes frescos, y desencadena otros importantes procesos ecológicos en estos ecosistemas, como la migración al final de la creciente de los peces juveniles o “mijano” de dispersión, que surcan los ríos y recolonizan nuevos cuerpos de agua.
Los peces también estarían en graves problemas si no hubiese inundación, porque durante la creciente muchas especies se alimentan en el bosque inundable de frutos, insectos, plantas y detritus, y acumulan la grasa que les permite desarrollar sus huevos y aguantar el tiempo de escasez de la vaciante, durante la que apenas se alimentan; los alevinos también encuentran en las áreas inundadas un hábitat adecuado para defenderse de los depredadores y para encontrar alimento. También durante la creciente los peces que quedaron prisioneros durante el verano en cochas y pozas de quebradas y caños salen presurosos a reproducirse, unos, como sábalos, gamitanas, pacos, lisas y palometas, en el cruce de aguas negras de quebradas con aguas blancas de ríos; otros, como los bagres, a las cabeceras de algunos ríos…
Sabiduría antigua y la catástrofe del asistencialismo
Los antiguos indígenas y mestizos herederos de su cultura sabían adaptarse a las inundaciones estacionales de los ríos amazónicos, y sacar incluso ventaja de ellas. Durante la vaciante aprovechaban para cultivar abundante yuca, maíz y maní en los ricos suelos fertilizados por las aguas, y sabían preservar buenas reservas de estos productos cultivados y de otros silvestres para los tiempos de creciente. He oído numerosas historias sobre cómo conservaban el maíz en panojas y el maní en su cáscara encima de la tuchpa para que no se apolillasen, la fariña en paneros cubiertos de hojas, el frijol y el chiclayo en tinajas… El pescado menudo, abundante en la vaciante, era cocinado por horas en inmensas ollas hasta que se convertía en una especie de “paté” de pescado, llamado “loboishma” (por su parecido, quizás, con las deyecciones del lobo de río), que era un excelente alimento como complemento de la yuca.
Incluso los primeros exploradores europeos de la Amazonía nos describen la forma cómo los indígenas que habitaban las islas inundables del Amazonas conservaban la yuca durante la creciente, enterrándola en pozos especiales antes de que la tierra fuera cubierta por el agua, donde se conservaba por meses casi como fresca. Al bajar el agua tenían reservas hasta la siguiente cosecha. De la vacamarina o manatí (abundante antaño y hoy casi extinta por la avaricia del hombre moderno) se elaboraba la “michira”, una especie de chicharrón de carne frita en su propia grasa, que se almacenaba por meses en enormes tinajas. Y ni hablar de las famosas “charaperas”, piscigranjas de los antiguos indígenas donde, a decir de los cronistas de la época, guardaba cada familia de 100 charapas para arriba, que servían como reserva de carne fresca durante todo el año.
Cuenta Fray Pedro Simón, uno de los cronistas de esta malograda expedición de Pedro de Ursúa y Lope de Aguirre en 1560, que la tropa desembarcó en un pequeño pueblo que estaba “en una barranca del río”, en una zona cercana a la actual frontera de Perú con Brasil. Allí se comunicaron por señas con los indios para solicitarles que les cediesen una parte del pueblo para alojarse y para que les diesen algo de alimento, con el compromiso de no hacerles ningún daño. Los indios aceptaron, y los españoles pudieron saciarse con la abundante comida que había en estas casas, como nos cuenta el cronista:
“Sacó luego nuestra gente aquí el vientre de mal año (como dicen) con la mucha comida que hallaron de maíz, frisoles y otras raíces de tierra, con muchas tortugas e hicoteas que tenían los indios en unas lagunillas arrimadas a sus casas, cercadas de empalizadas, que al parecer de los soldados echaron tanteo que eran las que hallaron vivas, sino otras que estaban recién muertas para comer, más de seis o siete mil, en que metieron las manos...”
Recordemos que la expedición de Pedro de Ursúa pasó por esa zona en mayo, en plena creciente, casi nueve meses después de la temporada de cosecha de chaparas, taricayas (“hicoteas”) y sus huevos, cuando ya los indígenas habían consumido parte de sus reservas anuales de tortugas.
¿Qué pasó con todas estas prácticas y conocimientos indígenas, y muchos otros que quizás no conocemos y se perdieron en la historia reciente? Pues fueron borrados por la influencia de las costumbres foráneas, y cómo no, por la “creciente” de burócratas que han venido a la selva a hacer asistencialismo populista regalando víveres e incentivando hábitos de consumo ajenos a su cultura. O se extinguieron a la par que recursos como la charapa, explotada hasta el exterminio por la aplicación del modelo extractivo-mercantil preconizado por el Gobierno nacional desde los tiempos de la República.
Hace unos años, durante un simposio sobre del barrio de Belén organizado por el Centro de Estudios Teológicos de la Amazonía –CETA- en la Biblioteca Amazónica, una señora humilde, moradora de la emblemática calle Venecia, dijo algo así: “El vaso de leche ha hecho más daño que beneficio en nuestro barrio. Desde que el Gobierno reparte el vaso de leche, muchos hombres no se preocupan ya de trabajar para dar de comer a sus hijos, sino que se dedican a tomar. Se han hecho más haraganes.” No sé si pensar que es ignorancia o es mala fe, manipulación burda y cruda, lo que impulsa a ciertos funcionarios a promover acciones que tanto daño han hecho y hacen todavía en nuestro pueblo. No estoy contra el vaso de leche, por cierto, cuando es bien orientado, pero sí contra ciertas formas de promover una dependencia alimenticia y una mendicidad que no ayuda a la gente humilde a superarse sino que perpetúa su situación de miseria y dependencia. Hace pocos días fueron divulgadas unas fotos de perros y gallinas comiendo leche donada por el PRONAA en una comunidad indígena del río Santiago. Los indígenas amazónicos, que suelen tener bastante intolerancia a la lactosa (no la pueden digerir bien, la mayoría pierde la enzima necesaria en la primera infancia) se quejan de que la leche les da diarrea y prefieren dársela a sus animales… ¿No hay otra forma de combatir la desnutrición infantil en comunidades amazónicas?
Cabe también preguntarse: ¿Es correcto regalar víveres a la gente de zonas rurales amazónicas? Muchos expertos consideran que es totalmente contraproducente, o hasta criminal: es convertir a los antiguos y orgullosos indígenas, autónomos y autosuficientes, capaces perfectamente de producir sus alimentos, en mendigos dependientes de las limosnas de un Estado, que sólo se suele acordar de ellos para hacer clientelismo político. Además, como me decía un amigo, “cuando hay movida, hay coima”: en situaciones de emergencia es cuando se producen más abusos y apropiaciones ilícitas de malos funcionarios que se aprovechan de la situación de inundación para “hacer su agosto en diciembre.”
Lo que necesitan las comunidades indígenas y ribereñas es apoyo de otro tipo, como asistencia técnica en nuevas tecnologías, o para la recuperación de las antiguas perdidas por la aculturación, acompañada con insumos, equipos, semillas…
¿Regalar pescado o enseñar a manejar el pescado?
Conocido es el antiguo proverbio chino: “Regálale un pescado a quien tiene hambre y comerá un día; enséñale a pescar, y comerá toda la vida”. En la Amazonía del siglo XXI ya no basta con enseñar a pescar, los peces de las cochas y quebradas también se están acabando debido a la sobrepesca, las prácticas destructivas de pesca, y la total falta de gestión por parte del Estado. Por esto, aquí habría que decir: No regales pescado al indígena, enséñale a manejar sus cochas y quebradas para que produzca pescado de forma sostenible; enséñale a manejar su fauna y su bosque, para que nunca le falte el mitayo para su casa, y pueda siempre vender su maderita y otros productos forestales; enséñale a cultivar mejor sus chacras, para que no tenga que tumbar cada año una hectárea nueva, y siembre también especies comerciales, con mercado, para ganar su platita; enséñale a transformar algunos recursos con valor agregado y a comercializarlos, para que no se quede toda la ganancia en los intermediarios… Bueno, y no solo enséñale, apóyale también con los insumos, semillas y herramientas necesarios…
Así, señores funcionarios de las diversos estamentos del Gobierno y miembros de ONG humanitarias, prepárense para organizar en algún momento programas de ayuda ante la posible catástrofe debidas a la falta de inundaciones... Con el cambio climático a la puerta, nunca se sabe. Entonces quizás tendrán que anunciar a sus superiores: EMERGENCIA EN LORETO ANTE LA FALTA DE INUNDACIONES.